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Mi nombre es Diana y hoy quiero contarles mi testimonio a través de la plataforma Cristo La Roca de Israel.
En el año 2025 me encontraba atravesando procesos sumamente fuertes en mi vida. En ese momento no me daba cuenta de la gravedad de la situación, hasta que Dios comenzó a manifestarse en mí de una forma increíble.
Aquel año fue duro y despiadado. Yo ya venía arrastrando tres años anteriores de una profunda depresión, desatada tras el diagnóstico de diabetes mellitus tipo 1 de mi hijo menor cuando cumplía sus 12 años. Desde ese día me sumergí únicamente en un estado de pura supervivencia; como siempre solía decir: viviendo «un día a la vez». Eran días de preguntas porque? Porque a nosotros?
Me sentía completamente sola en un camino lleno de preguntas sin respuesta, de noches largas sin dormir y de gritar en silencio. Busqué el apoyo de mi esposo, pero él también estaba librando sus propias batallas. Aquello nos llevó a una terrible falta de comunicación y a un distanciamiento casi total. Llegamos a vivir como dos desconocidos bajo el mismo techo.
Durante ese periodo nos alejamos cada vez más. Yo me aboqué únicamente a que los chicos asistieran a sus actividades, a mantenerlos ocupados, a escuchar a mi hija mayor con sus temas de la universidad y nada más. Funcionaba en automático, como un robot. Mi esposo siempre llegaba del trabajo y se iba directamente al otro cuarto a estar con el teléfono. Luego se iba a hacer ejercicio a las 5:00 p.m. y regresaba a las 10:30 p.m., o simplemente llegaba muy tarde del trabajo. Eran contadas las veces que nos ayudaba a trasladar a los niños.
A mediados de septiembre de ese año, él se enfermó con una gripe muy fuerte , con fiebres muy altas y dolores musculares en la espalda que casi le impedían caminar. Fue casi una semana de fiebre intermitente. A pesar de todo el distanciamiento, yo siempre estuve allí, al lado de la cama, sentada en una silla pequeñita bajándole la fiebre. Puse en pausa todas las actividades de los niños y me aboqué por completo a atenderlo para no dejarlo solo. Con el pasar de los días se fue recuperando, pero quedó con una tos persistente.
Un día me dijo: «Me voy a cambiar a dormir abajo para no molestarte». Le respondí que no me molestaba, pero yo llevaba muchísimos días sin dormir, agotada, así que lo dejé tranquilo. Días posteriores, al continuar con la tos, me dijo que dormiría afuera, en una cama plegable. Le dije que estaba bien. Ya para ese momento los muchachos habían comenzado las clases y sus actividades de música.
A principios de octubre fuimos a la montaña. Al subirme al carro, observé en el lado del copiloto varios cabellos largos, lisos y de tono oscuros .Me pareció muy sospechoso, ya que ni mi hija ni yo tenemos ese tono ni el cabello liso; el nuestro es ondulado. Al verlo me quedé callada para evitar una discusión delante de los niños y poder pasar una mañana diferente. Al llegar a la montaña, mis hijos se fueron con él por un lado de las escaleras y yo por otro. Cuando nos reencontramos, noté algo raro en él; a pesar de estar allí, estaba ausente, sumergido en su teléfono.
Ese día, al regresar a casa, él estaba por su lado y yo cocinando, pero hacía salidas extrañas sin decir nada y volvía al rato. A mí me molestaba su actitud, pero si le reclamaba, armaba un escándalo, comenzaba a frustrarse y terminábamos a los gritos pidiéndonos el divorcio. Por eso prefería guardar silencio.
Pero mis hijos se acercaron a mi, y me dijeron; mamá mi papá recibió una llamada extraña y dando explicaciones de que hacía que estaba con mis hijos y era algo de que le pagarán canvas y yo les dije tranquilo eso debe ser de trabajo pero algo decía en mi que no pero debía disimular.
Para el 20 de octubre, quise prepararle una sorpresa de aniversario de bodas, ya que él nunca se acordaba ni hacíamos nada. Comencé con mi idea a escondidas. Cuando llegó el día, él dijo casualmente que tenía que hacer diligencias y llegó tardísimo. Como seguía durmiendo en la cama plegable, no le pregunté ni le dije nada, aunque mi cara me delataba porque no puedo ocultar el dolor ni la molestia. Los días pasaban: me levantaba, le hacía el desayuno y él se iba al trabajo apenas con un frío «chao, chao». Las discusiones eran diarias, peleando, gritando y pidiéndonos el divorcio una y otra vez.
Un día cualquiera, al menor le pidieron una cartulina para la escuela. Como mi esposo estaba desde temprano abajo haciendo ejercicio, pensé que era una buena oportunidad para compartir. Decidí bajar de sorpresa a comprar la cartulina y subir juntos, pues siempre me había gustado acompañarlo.
Sin embargo, al ir bajando, me invadió un presentimiento helado. El corazón se me aceleró con una taquicardia extraña y me desató un fuerte ataque de ansiedad. Al llegar al lugar donde se ejercitaba, él no estaba. Lo busqué en los cuatro puntos donde solía estar, subí y bajé dos veces por el urbanismo y nada. Con el pecho apretado, lo llamé por teléfono y le pregunté dónde estaba. Me dijo que abajo, haciendo ejercicio. Le pedí el favor de la cartulina y le pregunté exactamente en qué parte estaba. Me respondió: «Estoy arriba, en la cancha».
Colgué rápidamente porque yo estaba casi al lado de la cancha. Fui a buscarlo y tampoco estaba. Comencé a temblar, llena de ira y enojo. Lo volví a llamar y le dije: «¿En dónde andas? ¿Tú me ves cara de estúpida?». Él simplemente me cambió la versión y me colgó. Por esos días demoraba mucho en responder las llamadas. Volví al apartamento destruida.
Al llegar, él no me dio explicaciones. Para evitar un espectáculo frente a los muchachos, me quedé callada. A pesar del dolor, al día siguiente me levanté temprano, le hice el desayuno y él se fue. Mi cabeza no paraba de pensar; comenzó una verdadera pesadilla. Ya no me subía a su carro, las discusiones eran desgarradoras. Inicié una persecución: escuchaba sus llamadas, le revisaba la cartera, inspeccionaba el vehículo. Fue una locura alimentada no solo por la ira, sino por un profundo dolor y una tristeza inmensa. Siempre le había dicho: «Si ya no me quieres o te sientes mejor con otra persona, dímelo, sé honesto, pero por favor no me mientas».
A principios de noviembre, bajé a donde él hacía ejercicio y lo encontré hablando por teléfono con una mujer. Al verme, cortó la llamada, se puso nervioso y puso una cara de burla. Le dije: «Tony, vamos a hablar». Me respondió tajante: «Ya no tenemos nada de qué hablar».
Con lágrimas en los ojos le dije: «¿Por qué, Tony? Yo confiaba en ti a pesar de los problemas». Mirándome a la cara, con una mirada totalmente desconocida, ajena a la del hombre con el que había compartido mi vida, me dijo: «Ya no te quiero, Diana». Le respondí que debió haber sido sincero y no dejar que me enterara de esa forma. Me fui llorando mientras él se quedaba como si nada.
Ese día fue devastador. El corazón me dolía profundamente; sentía que no me iba a levantar de esta. Me fui a mi «lugar secreto» a llorar desconsoladamente. Cuando subí al apartamento, él estaba sentado muy tranquilo. Hablé con mis hijos y me encerré sola en el cuarto.
Comencé a dormir cada vez menos. Lloraba todos los días, no quería hacer el desayuno ni levantarme de la cama. Solo lo hacía por la necesidad de llevar a los niños a sus actividades. Parecía un zombi.
Sin embargo, ante la realidad de la separación, dije: «Tienes que divorciarte, esto ya no tiene salvación, lo mejor es que cada quien haga su vida». Y aunque no tenía ganas de nada, empecé a moverme. Un día faltaba crema dental, jabón y un antialérgico en casa. Como había vendido varias salsas, bajé a la farmacia del urbanismo.
Caminaba llorando y hablando con Dios. Le preguntaba: «¿Por qué a mí? ¿Para qué vivo, si desde que nací lo único que he hecho es sufrir? Dios, ya no quiero vivir…». Me senté en un lugar del camino y, mirando al cielo, le rogué: «Señor, permite que se vaya si no es feliz. Que se vaya con la otra mujer, pero por favor te pido no verlos y que mis hijos no sufran más, ya han pasado por mucho. ¿Por qué pasan estas cosas? Ayúdame».
En ese preciso instante, mirando al cielo, escuché una voz audible clarísima al oído que me dijo: «Lo permití para que volvieras a mí. Regresa a mi casa; y si él no se arrepiente, perecerá».
Y le volví a preguntar señor porque me dejaste ; y me dijo nunca me he apartado de tu lado , tu eres la niña de mis ojos y estoy contigo siempre, no estás sola estoy contigo . Y le volví a preguntar y volví a escuchar esa voz; tu noble corazón y tu gran amor me mantiene cerca.
Quedé en impacto total. Le dije: «Dios, no entiendo». Y volvió a repetirme: «Lo permití para que volvieras a mi casa». Entendí que el Señor me estaba hablando directamente. Asustada por la advertencia, le supliqué: «Señor, pero que a él no le pase nada malo, que sea feliz, solo no quiero sufrir más».
El Señor me volvió a hablar: «Él debe regresar a mi casa. Y te entregaré un matrimonio restaurado». Yo le respondí: «Dios, eso es imposible, ese hombre no va a querer regresar».
Me sequé las lágrimas e intenté llamarlo para contarle. Escuché la voz de una mujer de fondo y le pregunté si andaba con ella. Me dijo que no, que estaba pagando en una farmacia. Mi mente volaba con mil escenarios; colgué y decidí subir al apartamento donde mis tres hijos me esperaban. Les llevaba unos dulces, pero la conversación con Dios me tenía sumamente inquietada.
Al llegar al edificio, vi que mi esposo también venía llegando. Dejé que subiera primero y entré después. En el ascensor me encontré con la pastora de la iglesia a la que solíamos ir. Me preguntó cómo estaba y me dijo: «He visto al hermano Tony siempre solo, y a ti y a los niños solos también. Te quiero invitar a la iglesia este domingo. Estamos orando por ustedes». Le agradecí y entré a casa.
Pasaron los días. Llegó el cumpleaños de mi hija y lo compartimos en familia con los parientes de él, pero mi esposo seguía en su mundo, pegado al teléfono, con las mismas actitudes y llamadas. Por recomendación de la pastora, comencé a orar y a leer en físico el libro La esposa que ora. Aunque seguíamos discutiendo y el ambiente era difícil, comencé a ignorar sus provocaciones. Intente hablar con él varias veces, pero estaba renuente y solo se dedicaba a culparme.
A inicios de diciembre, adoptamos a un gatito para alegrar a los muchachos tras tanto sufrimiento. Al tercer día de tener al gatito en casa —el cual dormía en una cajita en mi cuarto—, me acosté a dormir golpeada por la ansiedad y la taquicardia. A eso de las 12:00 a.m., mi esposo me despierta aterrado: «Me siento mal».
Me levanté corriendo. Él estaba pálido, temblando, y tenía todas las venas del cuerpo profundamente marcadas y dilatadas. Le tomé la presión y estaba normal, pero la atmósfera en la habitación era densa, pesada. Sentí con claridad una presencia maligna sobre él.
Le dije: «¡Ora, pídele a Dios, Tony!». Él, desesperado, me respondió: «¡No puedo! Me siento lejos de Dios, no lo siento cerca».
Con un nudo en la garganta y la piel de gallina, comencé a reprender con fuerza. Le volví a exigir que orara mientras yo clamaba más alto. Saqué al gatito del cuarto y pasé el resto de la noche en una verdadera guerra espiritual. Sentía con la fuerza de mi alma que esa entidad quería llevárselo. Reprendí por toda la casa, habitación por habitación y sobre mis hijos, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Cerca de las 5:00 a.m. se sintió liberación en la casa y él por fin pudo dormirse. Le dije: «Dios, guárdanos», y me acosté un rato. A las 6:00 a.m. me levanté y fui a revisar al gatito que había dejado en la entrada: el animalito había muerto. En ese momento comprendí el nivel de oscuridad y la fuerza de lo que estaba acechando nuestro hogar.
A partir de allí, él comenzó a dormir de nuevo en la misma habitación y no fue a trabajar por unos días. El domingo fui a la iglesia con mis hijos. Él dijo que debía trabajar y no pudo ir, pero yo mantuve mi postura y volví a congregarme. Dios empezó a mostrarme cosas.
Pese a todo, él mantenía sus conductas extrañas y sus llamadas ocultas. Yo estaba tan agotada que busqué ayuda con un psiquiatra para poder dormir. Dos días después de la fiesta de navidad de su trabajo, fui a abrir WhatsApp Web en la computadora pensando que era el mío, pero era el de él.
Allí vi todo: fotos, mensajes, canciones dedicadas, fotos abrazados, comiendo juntos, llamándola «Princesa». Se lo reclamé con el alma rota. Aunque dormíamos en la misma cama, yo quería que se fuera, pero después de lo que le había sucedido esa noche, él tenía miedo de volver a dormir afuera.
Los días siguientes, Dios comenzó a hablarme intensamente a través de sueños y versículos bíblicos que se me revelaban al despertar, aun cuando yo jamás me los había memorizado:
- Lucas 13:3
- Proverbios 6:32
- Romanos 6:23
- Proverbios 18:22
- Proverbios 14:12
- Efesios 5:23
- Hebreos 13:4
Nos fuimos de viaje a San Fernando por las vacaciones decembrinas, pero la tensión continuaba. Yo necesitaba un perdón sincero, una disculpa que no llegaba.
Así llegó enero y en febrero y hay es que comencé a ver que realmente estaba haciendo algo por cambiar .
Hasta que un domingo, escuchando una predicación del pastor sobre los matrimonios, no aguanté más. Pasé al frente llorando desconsoladamente y le dije en oración: «Señor, yo no me pienso apartar de ti, pero te entrego mi matrimonio en tus manos».
Y así ha venido sucediendo. El Señor ha estado ministrando y trabajando sobre las ruinas, restaurando lo que estaba completamente roto. Sé que es un camino largo por recorrer, pero hoy comprendo que Dios siempre tiene un propósito para cada uno de nosotros, y que las cosas no suceden a nuestra manera, sino a la Suya.
