Predicador: Pastor Heibis Hernandez
Iglesia: Dádiva de Dios los Rosales
Tipo: (Escrito y Audio)
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Libro de Ezequiel capítulo 8, versos 7 al 9.
Gloria a Dios, aleluya. Gloria a Dios.
Gloria a Dios. Aleluya. ¿Lo tienen?
Amén.
Libro de Ezequiel capítulo 8, versos 7 al 9 dice así bajo la unción del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Y me llevó a la entrada del atrio y miré, y he aquí en la pared un agujero. Y me dijo: Hijo de hombre, cava ahora en la pared. Y cavé en la pared, y he aquí una puerta. Me dijo luego: Entra y ve las maldades, las malvadas abominaciones que estos hacen allí.
Amado Señor, en el nombre de Cristo, Padre, te doy toda la gloria, toda la honra, toda la alabanza. Te pido, Padre bueno, en el nombre de Cristo Jesús, Señor, que hables a nuestras vidas, ministra nuestros corazones, Padre amado. Que sea tu Espíritu Santo, Señor, ministrando, Señor, Padre, la palabra que necesitamos, Señor. No tanto la que queremos oír, sino la que necesitamos, Padre bueno. Te lo pido, bendito Dios, en el nombre de Cristo Jesús. Amén y amén. Aleluya. Regálenle un aplauso al Señor.
Amén.
Siéntense, hermanos, pónganse cómodos pero no se duerman.
Dígame.
Amén.
Quiero compartir con ustedes, hermanos, una palabra que le he colocado por título: «El Dios que ve detrás de la pared». Quiero hablarles de este tema porque me parece interesante saber algunas cositas que quiero compartir, que probablemente usted se va a sentir identificado. Hace unos días leía un artículo que hablaba acerca de las preguntas. Las preguntas. Y en este artículo que me llamó la atención decía: ¿Por qué surgen las preguntas? Sí. Ahora, la pregunta, decía este artículo, la pregunta surge en el momento o en la frontera exacta entre la certeza y lo que es desconocido. Cuando se llega a esa frontera, entonces a partir de allí surgen las preguntas. Pero también seguía diciendo: las preguntas brotan de la mente humana por cinco factores principales. Permítame leérselos, hermano. El primero decía que era la teoría de la brecha, que decía que cuando hay una brecha entre lo que sé y entre lo que quisiera saber, surgen las preguntas. Dos, por supervivencia. Dice que a nivel biológico el cerebro es una máquina, hermanos míos, diseñada para buscar predecir el futuro. Y dice: quien mejor predice su entorno, mejor sobrevive, decía este artículo. Tres, la búsqueda del control frente al caos. Decía: la mente humana aborrece el caos y busca constantemente patrones, causas y efectos. Ahí surgen las preguntas. Cuatro, conexión social. Dice que las preguntas son la única vía para asomarnos al universo privado de la otra persona. Y cinco, la metacognición. Que básicamente ahí lo que está diciendo es: las personas no preguntan necesariamente por falta de inteligencia, sino que las personas, sino que es todo lo contrario. Las personas preguntan porque es el signo más claro o la evidencia más clara de que estamos al frente de una persona inteligente. ¿Cuántos dicen amén?
Amén.
Eso me pareció interesante. Yo dije: las preguntas entonces tienen un valor en la vida de una persona. Y hoy, hermanos míos, nos estamos encontrando frente a una realidad. Nos hemos convertido en unos expertos preguntones. ¿No dicen amén?
Amén.
Pero la buena noticia es que acabamos de leer que el que pregunta es inteligente.
Amén.
Entonces estamos hablando de que somos seres inteligentes.
Amén.
Diga amén, créalo, hermano. Aunque sea, créaselo usted.
Amén.
Pero somos seres inteligentes entonces.
Amén.
Hoy, hermanos, hoy nos encontramos con muchas preguntas. Hoy cuando vemos la realidad de nuestro país, cuando vemos la realidad de nuestra nación, cuando vemos la realidad de la iglesia a nivel nacional, surgen las preguntas. Venezuela post 3 de enero provocó en todos nosotros preguntas, ¿verdad? Teníamos probablemente escrito a la mano o en el recuerdo las palabras de los hombres de Dios que hablaron por allá en los años 80, leer: (Libro memorias de una nación en guerra). Y empezamos a comparar qué fue lo que dijo el Señor con lo que estamos viviendo, pero entonces nos dimos cuenta que algunas cosas no cuadraban y comenzaron otra vez las preguntas. ¿Qué viene? Señor, ¿por qué estamos pasando esto? ¿Por qué estamos viviendo esto? Entonces yo creo que hoy es bueno traer a memoria el porqué nuestra nación está viviendo lo que está viviendo. ¿Por qué la iglesia en Venezuela está viviendo lo que hoy hemos tenido que atravesar, este valle de sombra y de muerte?
Gloria a Dios.
¿Por qué? Porque la otra pregunta es: si el Señor nos advirtió todo lo que íbamos a vivir desde los años 80, ¿qué pasó? Mire las preguntas. ¿Qué pasó que ahora nosotros estamos viviendo lo que en algún momento se nos advirtió que podía pasar si nosotros seguíamos comportándonos de la manera que nos estábamos comportando, dándole la espalda a Dios? Y cuando usted trae a memoria años 80 y ve lo que estamos viviendo como nación, y usted dice: esto el Señor nos lo dijo desde hace mucho tiempo. Y mire con cuánta insistencia el Señor nos hizo saber lo que venía. Porque precisamente él sabía que íbamos a llorar. Él sabía que nos venía un momento terrible y nos advirtió precisamente para evitar que nosotros pasásemos por lo que hoy tristemente estamos viviendo. Entonces preguntas, preguntas. La otra es: si el Señor nos advirtió, ¿qué hicimos? Porque probablemente algunos dirán: bueno, es que hemos orado, pastor. A los días de victoria hemos ido, porque sabemos, hemos aprendido que el día de victoria es la respuesta de la iglesia a la demanda de Dios a clamar por este país. Y hemos ido, pastor, y hemos ayunado y hemos hecho. Pero sigue la pregunta: ¿por qué si hemos estado orando no hemos visto nada todavía? Parece ser que hemos estado fallando en algo. Y entonces, ¿en qué hemos estado fallando? ¿Por qué no ha sucedido lo que los profetas hablaron en algún momento? ¿Cuándo pasará esta situación que estamos viviendo? ¿Por qué no llega el mover del Espíritu Santo con libertad a la iglesia? Preguntas, preguntas. Yo recuerdo, hermano, el 24 de junio, 5 de la tarde, estaba yo entrando a un aula de clase allí en el centro comercial Propatria. Y yo recuerdo que cuando entré ahí los alumnos me dijeron: profe, vamos a hacer un momento. Yo quisiera que usted nos aclarara un poquito, ¿qué está diciendo Dios? Antes de entrar en materia, ¿qué ha escuchado? ¿Qué sabe usted? Yo para ese momento les expliqué a ellos la palabra que Dios me había dado aquí, que yo se las hablé a ustedes acá, ¿se acuerdan? De las tres historias: Gedeón, la historia de Jonatán y la historia de Josafat, ¿se acuerdan?
Amén.
Yo les dije: muchachos, no tengo mucho tiempo de explicar esto, pero ahí hay un mensaje, recíbanlo. En conclusión: estad quietos y ved lo que Dios va a hacer. Tengamos paz. Pero hay una preocupación más, les decía yo a los estudiantes, porque hay una demanda de parte de Dios para con nosotros y es el arrepentimiento. Y vea cuánto Dios ha intentado pedirnos a nosotros que nos arrepintamos y nosotros seguimos igualitos. Seguimos con las mismas actitudes, con los mismos pleitos, con las mismas formas, seguimos igual, nos engañamos a nosotros mismos diciendo: ya cambié, pero al final del día seguimos siendo la misma persona con las mismas actitudes. Les decía yo eso a los alumnos, no se lo estoy diciendo a ustedes. Y yo les decía a los alumnos: ¿y saben qué es lo más terrible? Que hoy hay gente que sabe una u otra profecía, se la sabe. Y ellos saben porque tienen como una especie de checklist en donde ellos van anotando lo que va sucediendo: listo, ya esto sucedió. Ya pronto, ya falta poco para que ahora el Señor venga y nos dé lo que prometió a este país. Y los que saben decían, hermanos, estoy diciendo lo que yo les dije a los alumnos: faltan dos cosas, dicen algunos. Falta el terremoto y falta la persecución, faltan esas dos cosas. Bueno. Y yo les decía a ellos: muchachos, esa no es la actitud. La actitud aquí es arrepentimiento. Ustedes saben, muchachos, lo que vendría sobre nosotros si viene un terremoto. Entonces la actitud no es la correcta, la actitud es: voy a humillarme rápido, voy a cambiar, voy a atender el llamado de atención del Señor para que esto no suceda.
Amén.
No, pero es que ya eso está profetizado. ¿Acaso usted no ha leído la Biblia? Que a Amós el Señor le dijo en dos oportunidades: voy a causar un gran estrago. Y el profeta ahí hablando con Dios le dijo que no lo hagas. Y un solo hombre cambió el destino, hermano, de una nación porque intercedió.
Aleluya.
¿Qué vamos a hacer? ¿Nos vamos a quedar sentados, hermano, esperando que venga un terremoto? Usted sabe que si viene un terremoto, todos los que estamos aquí pudiéramos morir toditos. Les dije yo a los muchachos. Ah, no, entonces nos falta la persecución. ¿Qué vamos a hacer? ¿Que nos persigan a los pastores? ¿Que nos maten? ¿Que nos pongan en la plaza porque está profetizado? ¿No es más fácil humillarnos? ¿No es más fácil pedir perdón? ¿No es más fácil cambiar de actitud? Hermano, ¿ustedes quieren escuchar lo que Dios está diciendo? Eso es lo que Dios está diciendo. Listo, muchachos, se acabó. Entremos en materia. Y cuando terminó la clase, yo recuerdo, tocaron el timbre, ¡pum! Y cuando salgo, hermano, voy ahí por el camino, por ahí por donde está la iglesia Aposento Alto, comienzo a escuchar un movimiento y yo digo: ¿qué es esto? Alguien me dice: profe, está temblando. Y cuando yo veo los movimientos tan duros, hermano, me abracé a la columna del centro comercial, hermano, empecé a mirar hacia arriba, empecé a mirar hacia los lados, hermano, y delante de Dios no tuve miedo, hermano. Ahí no tuve miedo, simplemente empecé a mirar a ver qué estaba sucediendo, vi cómo los tanques caían de las casas del otro lugar y yo decía: esto está fuerte. Pero hermano, cuando eso se detuvo, hermanos míos, yo lo primero que me vino a mi mente fue: Señor, te fallamos. Te fallamos. Ni siquiera le dije al Señor gracias por salvarme, porque para ese momento ni sabía la magnitud de esto. Pero simplemente le dije: Señor, te fallamos. Te fallamos. Porque eso estaba en lo que tú nos advertiste que podía pasar si nosotros no nos humillábamos, si nosotros no cambiábamos nuestras formas de hacer las cosas. Y sucedió. Lamentablemente sucedió. Ahora, probablemente algunos que conocen todavía la profecía van a decir: ya nos falta una. Como si estuviéramos llenando un álbum de barajitas. Perdóneme si estoy siendo muy duro. Pero pareciera que estuviéramos llenando un álbum de barajitas, nos falta una sola. ¿Y cuál es? La persecución a la iglesia. Ah, okay, hermano, entonces vamos a esperar que nos maten a todos. ¿No es más fácil, vuelvo y traigo otra vez ese mensaje, no es más fácil cambiar? ¿No es más fácil humillarnos delante de Dios?
Amén.
Y yo le decía a Dios: preguntas, preguntas. Yo le decía: Señor, sí, pareciera que estamos fallando todavía en algo, porque seguimos orando, seguimos haciendo, pero parece ser que estamos orando de aquí para afuera porque adentro no hay cambio. Yo le decía al Señor: ¿qué está pasando con nosotros? ¿Hasta dónde va a ser necesario llegar? Hoy hay mucha gente, hermanos míos, probablemente usted es uno que vive angustiado porque se ha conocido de que probablemente viene otro terremoto más duro. Y usted vive angustiado, suena alguna cosita y usted se asusta. ¿No es más fácil humillarnos, hermano? ¿No es más fácil cambiar? ¿No es más fácil soltar las formas como hemos estado llevando el evangelio? Y en base a esas preguntas, Dios me lleva a Ezequiel capítulo 8. Y en ese capítulo, hermano, eso tiene un título terrible. Dice: las abominaciones de Jerusalén, en Jerusalén. Y cuando yo veo esto, hermano, me doy cuenta de algo, de que hay una distancia aterradoramente grande entre la reputación, hermanos míos, que tenemos o que hemos construido en el altar y la realidad de lo que somos cuando estamos allá afuera.
Gloria a Dios.
Hay una distancia terrible. Soy una cosa aquí, pero allá afuera soy otro. Eso fue lo que yo percibí aquí en Ezequiel 8. Ya lo vamos a ver. Porque nosotros podemos engañar al liderazgo. Nosotros podemos engañar a nuestro cónyuge. Podemos engañar, hermano, aún la congregación durante años. ¿Por qué? Porque nosotros hemos aprendido el vocabulario evangélico. Ya sabemos cuándo decir gloria a Dios, aleluya. Ya sabemos cuándo expresar, hermano mío, una palabra que venga de la Biblia. Podemos tener la Biblia más grande bajo nuestro brazo, la más bonita y la que está de moda. Podemos tener, hermano, y aún levantar las manos al cielo y cantar aún con lágrimas en los ojos. Pero somos una cosa aquí y otro allá afuera. En el año 592 antes de Cristo, hermano, sucedió la historia que está escrita en Ezequiel 8. Ahí. En la cual, hermanos míos, el pueblo de Israel estaba en cautiverio, era esclavo. El pueblo era un esclavo de los babilonios. Y mire lo que dice la Biblia, no voy a poder leerlo, pero me gustaría que usted lo leyera en casa. Allí, hermanos míos, dice que Ezequiel, voy a tratar de explicarlo mejor. En Jerusalén se quedó una gente. En Babilonia había otra. Nabucodonosor entra, se apodera del país y saca gente. Entre ellos, hermanos míos, se lleva al profeta Ezequiel. Ezequiel era un profeta que profetizaba desde afuera hacia adentro. En esa salida sale Daniel también. Ahora lo cierto es, hermano, que dice la Biblia que en algún momento fuera de Jerusalén estaba el profeta Ezequiel en su casa. Y qué bueno saber, hermanos míos, que dice que los ancianos de la iglesia, los hombres que eran líderes en la iglesia, fueron a visitar al hombre de Dios. Qué bueno saber, hermanos míos, que para llevar los destinos de la iglesia, llevar los destinos de la nación, se consultan a los hombres de Dios.
Gloria a Dios.
Tanta maldición puede llegar a una tierra por no consultar a Dios sino por consultar a los brujos. Somos testigos de eso. Nos ha llevado a la perdición. Y la Biblia dice, hermano, que ahora en medio de la reunión de los hombres de Dios que vinieron a consultar al hombre de Dios, en medio de esa reunión, qué bueno saber que la Biblia también dice que donde hay dos o tres reunidos en su nombre, él está en medio.
Amén.
Y dice la Biblia, hermano, el profeta Ezequiel relata ahí escribiendo en primera persona: el hombre viene y dice: yo estaba ahí sentado y de repente vino el Espíritu de Dios sobre mí.
Gloria a Dios.
Porque donde hay dos o tres reunidos, como estamos nosotros, si se le da el espacio al Espíritu, él se mete.
Amén.
Y ahí el Espíritu tomó al hombre de Dios. Y ahora el hombre de Dios está viendo una figura. Parecía como de fuego de aquí para arriba y muy brillante de aquí para abajo y lo tomó por sus cabellos. Dice la Biblia que lo agarró por los cabellos y se lo llevó a Jerusalén. Le aclaro, ellos estaban en Babilonia, pero desde allí el Señor lo agarró y lo devolvió otra vez a Jerusalén. Y estando allí este hombre comenzó a ver cosas. El Señor comienza a mostrarle muchas situaciones que están sucediendo allí. El Señor lo que estaba mostrándole es, hermanos míos, no era un recorrido turístico, ven para que veas cómo está Jerusalén. No, ahí, hermanos míos, el Señor lo estaba llevando para que él fuera testigo y tomara evidencia de una radiografía espiritual de cómo estaba el templo, hermanos míos. ¿Cómo está la condición de la iglesia? ¿Cómo está la condición, profeta? Ven para que veas. Porque el detalle es que hoy, cuando vemos Ezequiel 8, nos damos cuenta que Ezequiel 8 es una inspección de parte de Dios. Una inspección divina. Y esto nos recuerda una verdad: a Dios no le impresiona, hermanos míos, una religión de superficie. Él ve con total claridad lo que nosotros tenemos en el corazón. Dígame.
Amén.
Y detrás de las paredes. Él lo conoce. Ahora, yo le preguntaba a Dios: Señor, ¿qué hay ahí? Porque lo que estamos viendo es que el profeta fue movido, fue sacado de su lugar hacia adentro. Y ahora se le dice al profeta: observa lo que está sucediendo allá adentro. Y te lo advierto desde ahorita, te voy a ir mostrando varias cosas y cada día o en cada momento que veas, vas a darte cuenta de que cada día pasarán cosas peores. Verás cosas peores en ellos. Mira lo interesante de esto. Porque lo primero que el Señor me ministraba aquí es que los sacerdotes hacen cosas en secreto. Ezequiel capítulo 8, versos 7 al 12. Dios le dice a Ezequiel: mira la pared. Y ella tiene un huequito. Ahora tú termina de romperlo y entra. Vea esto, hermano, porque esto es interesante. Porque aquí me estoy dando cuenta, hermano, que nuestras vidas como cristianos se han convertido, hermano mío, en una excelente pared que no nos deja ver o nos hace disimular muy bien lo que realmente nosotros somos.
Aleluya.
Yo sé que este mensaje no es agradable. No es agradable. Pero hemos levantado paredes, hermano, para disimular realmente quién soy yo. Hemos levantado paredes alrededor y hemos dicho, como dijeron estos hombres de Dios aquí: el Señor no nos ve. ¿Y sabe por qué seguimos levantando paredes? Porque han pasado los días, han pasado los meses, han pasado los años y no nos han descubierto.
Gloria a Dios.
Ay, padre, ese mensaje fue duro.
Gloria a Dios.
Pero como no nos han descubierto, nos estamos aprovechando de la gracia. Yo vengo practicando eso desde hace tiempo y nadie sabe nada. Total, a mí nadie me revisa el teléfono. A mí nadie, porque eso es privado. Tan privado que el Señor sabe lo que tú eres.
Gloria a Dios.
Y hoy te está llamando a advertencia y te está diciendo: yo te estoy viendo.
Amén.
Yo sí estoy viendo lo que tú estás haciendo cuando tú piensas que no te estoy viendo. ¿O acaso se nos olvidó que cuando nosotros estudiamos acerca de la persona de Dios, en sus atributos no decimos que él es omnisciente y omnipresente? Él lo sabe. Pero aquí estos hombres de Dios estaban dentro, escondidos en sus cuatro paredes, diciendo: el Señor no nos está viendo. Hagamos y deshagamos, no hay problema. Eso sí, mantengamos la fachada delante de los demás. Pero tranquilo, mientras tengamos las puertas cerradas, aquí nadie ve. Pero sabe, la Biblia dice que algo hacen las pequeñas zorras. ¿Alguien se acuerda? ¿Qué hacen las pequeñas zorras? Mientras la pared no dejaba ver humanamente lo que estaba ocurriendo detrás, hermanos míos, había una fisura que se estaba abriendo desde afuera.
Gloria a Dios.
Que probablemente desde adentro no te das cuenta, pero el que está afuera ya está viendo que hay una fisura.
Gloria a Dios.
Cuando yo hago algo que no me doy cuenta que lo estoy haciendo mal, pero el de afuera lo está viendo.
Aleluya.
Pero con todo y eso, la fisura es chiquita y tú simplemente puedes pensar que yo estoy haciendo eso, pero eso no te deja mirar realmente mi corazón para confirmar tu teoría, diríamos nosotros. Pero se nos olvidó que Dios lo sabe todo.
Amén.
Y ahí es donde llamó a uno de los suyos, al profeta, y le dijo: profeta, mira, ¿estás viendo la pared? Sí. Ellos piensan que eso está bonito porque ellos están cubiertos por dentro, pero no se han dado cuenta que detrás de la pared ya hay una fisura que se está abriendo. Se les están viendo las costuras. No se dan cuenta que dicen una cosa y reaccionan de otra. No se dan cuenta que expresan una cosa aquí, pero con sus acciones hacen otra. No se están dando cuenta, profeta. Pero hagamos algo. Entra tú. Y el huequito que hay ahí, termina de abrirlo tú. Ay, padre, ¿usted sabe lo que significa eso? Cuando Dios tiene que venir y mandar a alguien que termine de abrir el hueco de tu pared y decirte: esta es tu condición. Tú estás haciendo esto, esto, esto y esto. Padre mío. Cuando llegue eso, espero que no le llegue nunca a usted ni a mí. Porque no se crea, ese mensaje no es pa’ allá, ese mensaje es pa’ acá también. Que cuando llegue el momento, hermano mío, oye, no nos sorprenda alguien que rompa la pared y que entre y nos diga realmente mi condición. Porque llega un momento en que Dios tiene que exhibirnos. La misericordia nos ha alcanzado. Hemos estado caminando, haciendo cosas y ay, la gracia, la gracia, la gracia. Pero cuando tú tienes llamado de parte de Dios, Dios va a enviar un profeta que te termine de romper la pared para exhibir lo que hay adentro. Y no es por odio, no es que Dios te ama, es que Dios no te ama, es que Dios te ama tanto que necesita limpiarte y corregirte y volverte a tu posición inicial.
Amén.
Pero será necesario que Dios escarbe en nuestros corazones para poder y exhibirnos públicamente para poder corregir. La palabra dice que aquí, hermano, los sacerdotes hacían cosas en secreto. Al entrar por la puerta, el profeta describe una escena desgarradora. Habían 70 hombres de Dios, líderes espirituales del pueblo, quemando incienso, hermanos míos. Quemando incienso. Voy a rescatar algo. ¿Se acuerdan que al principio les dije que había un grupo de gente en Jerusalén y había otro grupo de gente en Babilonia? ¿Se acuerdan? Por lo tanto, ¿quiénes eran esos 70? ¿Quiénes eran? Porque la historia bíblica dice que él estaba aquí y fue trasladado allá. Por lo tanto, los que se vinieron, los que vinieron a su casa a sentarse con él, también eran parte de esos 70. ¿Usted está aquí?
Amén.
Mire, hermano, cuando yo no tengo una palabra en mi vida, delante de Dios yo puedo levantar la mano y decir: soy inocente. Pero cuando Dios da una palabra y somos conscientes, se nos va a demandar por esa palabra que se nos dio. ¿Te captó eso, verdad?
Amén.
Al yo decir esto, usted es consciente delante de Dios de la situación que está viviendo espiritualmente la iglesia. Y no digo la Dádiva de Dios, a nivel general. Y usted es responsable ahora de lo que usted está escuchando. ¿Te captó eso, verdad?
Amén.
El día de mañana usted se presenta delante de Dios, usted va a tener que rendirle cuentas a Dios por lo que está escuchando.
Sí, amén.
Y yo estoy librando mi responsabilidad al hacerlo saber no solamente a ustedes. Esto lo prediqué también en el Día de Victoria. Ustedes son responsables, así como lo soy yo. Y lo cierto es, hermano, que ¿cómo es esto? Usted se está dando cuenta, hermano, que vinieron hombres de Dios a reunirse con el hombre de Dios y en medio de eso el Señor les muestra que ellos también eran parte de este sistema. Es fuerte, ¿no? ¿Dónde sale eso, pastor? Vaya al verso, vaya al capítulo 14, anótelo, anótelo y lo revisa en casa. Donde otra vez ellos mismos van a la casa del profeta y el Señor le dice: no, esa gente tiene sus corazones llenos de idolatría. Pastor, ¿y estamos hablando que eran los líderes? Los líderes. ¿Y se puede ser evangélico y tener idolatría? Parece que sí. Y en el capítulo 14 el Señor le dice a los que estaban ahí, no en Jerusalén, ahí. No, ellos vienen a consultarme. Claro, ellos vienen a consultar. Mira, ¿qué dice Jehová? ¿Qué dice Jehová? Pero no les voy a hablar porque el corazón de ellos está lleno de idolatría. Tanta idolatría se ha llenado esta nación. Hasta mi propio pueblo ha agarrado idolatría con personajes políticos. Y algunos celebraron el 3 y pusieron su esperanza en el norte. Y Dios ha tenido que permitir cosas para sacudirnos y decirle: ahí no viene tampoco. Venezuela tiene que entender: mi socorro viene de Jehová que hizo los cielos y la tierra. Alguien tiene que decir amén a eso.
Amén.
Cuando hubo el terremoto, creo que yo lo dije, el Señor tomó a una de nuestras hermanas que hemos estado orando por ella. Inmediatamente la tierra se movía, esta hermana se fue en lenguas y empezó a interpretar: soy yo, ahora soy yo quien pelea por este país.
Aleluya.
¿Se acuerdan que días previos le había dicho aquí, hermano? El Señor está diciendo: estad quietos. Algo va a hacer. Estemos quietos, esperemos a ver. Sucedió el terremoto, hermanos míos, es Dios quien está moviendo aquí corazones. Hay mucha idolatría en el pueblo de Dios también. Y el Señor tiene que decirle al profeta: métete ahí, rómpelas las paredes y háblales claro. Humíllense.
Gloria a Dios.
Humíllense, vuélvanse a mí, saquen de su corazón tanta idolatría política. Quítense las camisas de colores.
Gloria a Dios.
Dígame, hermano.
Amén.
Parece que le está dando a alguno, porque le estoy tocando su corazoncito. Espero que no, el Señor reprenda. Dos, muy rapidito, hermano. Dos. Lo segundo que el Señor me ministraba es: le han dado la espalda al altar. Ezequiel capítulo 8, verso 16. Mire esto. Porque aquí ahora estamos viendo, vea esto, hermano, vea esto. Dios estableció un tabernáculo. Y el tabernáculo, hermano mío, se lleva como Dios dice, no como tú quieres.
Aleluya.
La obra de Dios se lleva como Dios dice, no como tú quieres.
Gloria a Dios.
Diga amén.
Amén.
Porque el problema, hermano, es que nos enfrascamos tanto en que si yo estuviera ahí las cosas estuvieran mejor.
Gloria a Dios.
Así somos. Si yo fuera, yo hiciera esto. Si yo tuviera, yo hiciera esto. Pero cuando estamos ahí no hacemos nada. Y aquí, hermanos míos, el Señor estableció una orden. Cuando ustedes vayan a levantar el tabernáculo, aquí todo el mundo debe hacer su trabajo.
Gloria a Dios.
Los que estudiaron en el instituto saben de qué hablo. Aquí cada quien tenía su trabajo y todos tenían que funcionar, todos. Y dice la Biblia que hubo una tribu que se llamaba la tribu de Leví, que estaba conformada por tres familias. Y ellos tres eran los responsables de todo lo que estaba en el templo. Pudiéramos decir que eran los diáconos. Aquí las cortinas de la iglesia no las toca cualquiera. Lo lleva una de las familias de Leví. Ay, los instrumentos, pastor, y las cosas, eso no lo toca nadie sino otra familia. Eran tres familias. Ay, pastor, ¿y las cosas aquí, las estacas y todo eso qué? Que hace parte del tabernáculo lo lleva la otra familia. Orden en la casa de Dios. Y cada quien cumplía su responsabilidad. Pero cuando el tabernáculo, hermanos míos, estaba establecido quieto en un lugar, hermano, la entrada al tabernáculo debía estar siempre mirando al oriente. Siempre. Fíjese que el orden de Dios es tan tremendo. Y por eso es que nosotros como iglesia no avanzamos, hermano mío. No avanzamos porque se nos olvida cuál es nuestro trabajo cuando se supone que ya lo sabemos. Cuando la nube se movía, ya la gente sabía que tenían que moverse. Y no era porque mandó el pastor Moisés, era el pastor de los pastores que mandaba mover la nube y ya todo el mundo decía: señores, se está moviendo la nube, todo el mundo a su lugar.
Amén.
Gloria a Dios.
Señores, el domingo hay culto, todo el mundo a su lugar. Alabado sea Dios.
Amén.
Habla, Jehová.
Gloria a Dios.
Que tu pueblo escuche.
Amén.
Gloria a Dios.
Y dice la Biblia, hermano, el orden era tan tremendo que la salida tenía que ser conforme a las agujas del reloj. No es que uno va a salir primero y el otro después. Orden en la casa. Orden. Y lo cierto es que cuando la nube se mantenía estática, el tabernáculo permanecía en su lugar, pero siempre con la entrada mirando al oriente. Y había tanta organización que habían tres tribus al norte, tres al sur, tres al este y tres al oeste, cubriendo la casa del Señor. Organización. Todo el mundo sabía lo que tenía que hacer. Ya me lo dijeron, ya yo sé cuál es mi trabajo. Pero rescato que la entrada siempre tenía que estar mirando hacia oriente. Y en esta historia pasó algo medio raro. Porque aunque el tabernáculo estaba bien colocado mirando hacia el oriente, hermanos míos, ¿por qué? La forma de entrar, hermano mío, los primeros rayos del sol tenían que mostrar la presencia de Dios que estaba allí. La puerta, hermano mío, lo primero que recibía, hermano mío, al abrirse eran los rayos del sol. Era lo primero. Y se supone que los hombres de Dios debían entrar, hermanos míos, siempre mirando al altar. ¿Me lleva, verdad?
Gloria a Dios.
Mirándola. Obviamente mi espalda va a estar ¿hacia dónde? Hacia donde sale el sol. Pero en esta historia la cosa se volteó. Y el Señor le dice a Ezequiel: mira cómo ellos están haciendo las cosas. Ahora no estaban mirando al altar, sino que voltearon su rostro hacia el sol y le dieron la espalda al altar. ¿Está aquí, verdad?
Amén.
Y el Señor está haciendo un reclamo. Vuelvo y repito: las cosas de Dios se llevan como él dice, no como uno quiere. Usted dirá: pastor, ¿usted me va a poner en disciplina porque estoy de espaldas? Sí, diría Dios. Profeta, vaya y llámele la atención a esa gente. Porque aquí nos estamos dando cuenta, hermano, a lo largo de la visión, que Dios le repite a Ezequiel esa bendita frase que dice: verás todavía abominaciones mayores. Si esto te está sorprendiendo, Ezequiel, vas a ver cosas peores, Ezequiel, que están haciendo adentro. Aquí, hermano, el pecado oculto nunca se queda estático. Nunca. Siempre exige más y se profundiza. Y el Señor me ministraba a mí este punto: le han dado la espalda al altar, hermanos, ya no hay temor a Dios. Ya no hay temor de Dios. Ya no hay. Yo no sé si yo lo dije aquí o lo dije en algún momento, no sé dónde lo dije, pero leí de alguien o escuché que dijo: ¿cuántos de nosotros queremos un avivamiento? Todos queremos avivamiento, pero no estamos preparados para avivamiento. Porque en avivamiento hubieron dos que vendieron algo y le ofrecieron a Dios y no le dieron a Dios lo que le ofrecieron. Y sucedió que murieron. ¿Usted cree que nosotros estamos listos para un avivamiento? Cuando siempre venimos mochándole a Dios lo que le prometemos. Ay, padre, eso fue duro, pastor. Eso fue duro, pastor. Vino como whish. ¿Estamos listos para un avivamiento? Cuando sabemos que no le estamos mintiendo a Pedro sino al Espíritu. Se nos fue el temor. Se nos fue el temor. Pararse aquí, hermano, eso no es cualquier cosa. Pararse aquí a ministrar sin orar, sin estudiar, sin ayunar. Eso antes no, eso antes no existía. Ahorita, hermanos míos, paso todo mi día viendo cosas por mi teléfono y después vengo aquí y me paro. Como si nada, porque es que las paredes de mi casa no dejan ver lo que yo realmente estoy haciendo adentro.
Gloria a Dios.
Nadie me ve. Total, yo me he parado aquí y lo he hecho varias veces y he sentido el respaldo. Pero el respaldo te está diciendo hoy que la gracia se está acabando.
Aleluya.
Gloria a Dios.
El respaldo te está diciendo: mi gracia te ha sostenido hasta ahorita. Pero es tiempo que te sacuda y te vuelvas a Dios otra vez.
Amén.
Ya no hay santidad en el altar. Darle, le hemos dado la espalda a la verdad porque es que no sabemos qué es lo bueno ni qué es lo malo ya. ¿Qué es lo permitido y qué es lo no permitido? Hermano, que hay que detener las agendas, las motivaciones y volver a empezar otra vez. Diga amén.
Amén.
Y eso que le estoy diciendo yo es arrepentimiento. Volver a empezar otra vez. Yo no puedo tener paz y tranquilidad, hermanos míos, si yo no vengo, si yo no vengo un domingo. Cuando yo no vengo un domingo y siento como si nada pasó, usted está en peligro, hermano. Usted está en peligro. Pastor, ¿usted lo está diciendo por mí? Hermano, tengo una responsabilidad delante de Dios, soy tu pastor y tengo que decírtelo.
Amén.
Porque algún día yo voy a estar delante de él y él me va a decir: ¿tú los corregiste? Lo estoy corrigiendo, Señor. Acuérdate que el día previo a la administración de la cena del Señor, hermano, le hemos dado la espalda al altar. No importa si voy o no voy. No importa si el talento que se me dio lo desarrollo o no. No importa. Yo sé que soy un predicador de esos tremendos porque Dios me usa, pero yo prefiero estar sentadito allí porque ahí nadie me molesta. Se perdió eso. La pasión por servir a Dios, el deseo por servir a Dios, hermanos míos. Tres. El Señor me ministraba y me decía: están fascinados por lo que brilla. Ya no están los rostros mirando hacia el altar, sino que los rostros están mirando hacia el sol. La gente hoy pareciera que está fascinado por lo que brilla. Pastores, que yo tengo que buscar, mire, la platita. Hay búsqueda, hay un deseo de ser grande, de brillar, de ser reconocido. La constante búsqueda del éxito. Hoy, hermano mío, el Señor le está diciendo al profeta: mira hacia dónde están mirando. Ya no me están mirando a mí como quien puede ser su sustentador. Ya no me están mirando a mí como el hombre, como el Dios que les puede proveer su vivienda, sino que ahora están enfocados en lo que brilla. Hay un enfoque ahí en la grandeza, en querer tener todo, la fama, en brillar. Ese es el enfoque que hoy la iglesia parece tener. Leí un artículo estos días que hablaba de la comparación de los Estados Unidos con Venezuela en temas de congregaciones y religión. Y este hombre que hacía ese análisis, no recuerdo el nombre, él decía: hermano, no podemos comparar la economía de un país, hermano mío, del primer mundo con las iglesias de Latinoamérica. No podemos compararlo porque la economía de nosotros no es la misma de ellos. Pero entonces aquí estamos fascinados viendo al norte porque el norte tiene las megaiglesias y quieren tener todo espectacular. Pero nosotros no podemos lograr eso, hermano. Entonces si no tenemos iglesias grandes, no somos exitosos. Decía: análisis interesante. Yo no puedo tener, ¿dónde nosotros podemos tener hectáreas y hectáreas para levantar esas megaiglesias? Sonidos, cuando la economía de nosotros no da. No podemos tratar de copiar ideas, formas, somos totalmente diferentes. Y el mensaje final que él decía: señores, enfoquémonos en predicar el evangelio, que si Dios desea abrir espacios grandes, es él. Pero no te enfoques tú en mirar lo que brilla.
Gloria a Dios.
Aleluya.
Gloria a Dios.
¿Cuántos de nosotros, hermano? Bueno, yo tengo un deseo, yo quisiera cambiar esa silla por butacas cómodas, ¿verdad? Sabroso, porque son calzonas, pastor. Y en la otra puedo dormir mejor. Alabado sea Dios. Pero Dios conoce mi corazón. No es que queremos, ay, una cosa. Es comodidad. Comodidad. Hermano, ¿usted está aquí, hermano?
Amén.
Entonces hoy, hermanos míos, estamos viendo que hay una porción grande de la iglesia que está, hermano, enfocada en lo que brilla. Y ese mensaje, hermanos míos, ah, es aún dejar lo que Dios me dio simplemente por buscar lo que brilla. Mire, usted no sabe, hermano, cuántas veces yo le he orado a Dios. Hasta le puse un vellón. A lo mejor usted dirá: no, pastor, eso fuera de Dios poniendo vellón. Pero hasta lo hice. ¿Usted cree que yo no quisiera estar sirviendo a Dios tiempo completo? Yo sí. Pero tengo que trabajar. Tengo que trabajar. Pero yo no puedo tomar mi trabajo, hermano, como una excusa para darle la espalda al altar.
Amén.
Gloria a Dios.
¿Usted está aquí?
Amén.
No puedo. Y le he dicho: Señor, que llegue el momento en que tú me digas: ya, bueno, señor, por fe. Porque ahora hay que caminar por fe. Cuando tú estás acostumbrado a trabajar y generar tu propio ingreso y que ahora el Señor te diga: camine por fe, compadre.
Aleluya.
Porque qué sabroso es estar dedicado a tiempo completo. ¿Pero de qué vive? Bueno, a mí alguien me dijo que el que invita paga. Y si él invita, él pagará. Regálenle un aplauso al Señor, hermano.
Cuatro. Dice: oraciones extrañas se están haciendo. ¿Sabe? Cuando usted lee esta historia, dice que cuando el Señor pasó, mire por cosas abominables que se estaban haciendo adentro. El Señor agarró, llevó al profeta, le mostró la realidad y el profeta se dio cuenta de algo que estaban haciendo adentro las mujeres. Las mujeres, dice la Biblia, que estaban llorando por la diosa Tamuz. ¿Y estas mujeres eran evangélicas? Sí. Alguien dijo: las famosas oraciones hechiceras. ¿Y cuáles son esas oraciones hechiceras, pastor? ¿Se pueden hacer oraciones hechiceras? Parece que sí. Cuando la gente comienza a hacer decretos, cuando la gente comienza a hacer declaraciones, cuando la gente ahora comienza a hacer proclamas que realmente buscan torcerle el brazo a Dios cuando Dios no ha dicho nada. Esas oraciones están sucediendo aquí. Están sucediendo, hermano. Proclamas, declaraciones, decretos, diciendo cosas que Dios no dijo. Y el Señor le dice al profeta: mira por qué lo están haciendo. Porque lo están haciendo. No están orando lo que yo les estoy pidiendo. No están atendiendo el llamado de humillarse y de volvernos a Dios. No lo están atendiendo. Están lanzando proclamas de que seremos grandes, seremos poderosos, tomaremos ciudades, tomaremos… pero no están prestándole atención a lo que les estoy hablando. Arrepentimiento. Vea lo tremendo de esto. Lea, lea cuando llegue a casa, lea todo el capítulo 8 entero, hermano. Se va a dar cuenta cómo el Señor lo paseó. Mira todo lo que están haciendo. Por eso es bueno que haya hombres de Dios, que sean amigos de Dios.
Amén.
Y ahí es donde yo le digo a usted, hermano: no celebre cuando un profeta le llegue a su casa. Claro, los profetas modernos te van a decir: así te dice el Señor, vienen tiempos de bendición para ti, viene esposa, viene esposo, vienen carros, viene plata, aleluya, vienen viajes, gloria a Dios, viene ropa, viene zapatos, viene calzado, uh, viene flacura, viene cabello para el que no tiene, aleluya.
Gloria a Dios.
Ah, no, eso es para la presencia. Esos son los profetas modernos. Esos son los profetas que a la gente le gusta. A la que la gente le gusta, eso es claro. Pero los profetas de Dios, Dios les revela en el secreto lo que la gente está haciendo.
Amén.
Gloria a Dios.
¿Dónde es que era? No recuerdo ahorita, creo que era Eliseo. El presidente de una nación empezó a decir: hay un infiltrado entre nosotros. Porque todo lo que habla aquí, se habla aquí, secreto de Estado, porque a todo el mundo le mandamos a sacar los teléfonos, firmamos un acuerdo aquí de silencio total y lo que hablamos aquí lo saben en Israel. ¿Alguien me puede explicar quién es el traidor aquí? No lo dice la Biblia, pero la versión NVI habla hoy. Pero ¿sabe qué dice la Biblia? Que el Señor, que todo lo ve, entraba a la reunión de ellos.
Gloria a Dios.
Ay, que ustedes quieren echarle broma a los míos. Y se iba donde su amigo Eliseo. Eliseo, ven acá. ¿Sabes qué están haciendo allá? Esto, esto. Y aquel hombre estaba vuelto loco porque pensaba que era un traicionero. Hay un traidor en el pueblo. Pero no sabía que hay un Dios que le habla a sus hijos.
Amén.
Y ustedes saben, al final del día, espero estar equivocado diciendo esto, los gobiernos responden es persiguiendo a los hombres de Dios. ¿Usted está agarrando, verdad?
Amén.
Porque ese mismo hombre, cuando se enteró que el que llevaba los chismes para él era Eliseo, lo mandó a buscar. Vamos a matar a Eliseo. Los gobiernos responden así. ¿No es más fácil humillarte que estar matando a los siervos de Dios? Y lo cierto es, hermano, que el Señor hacía saber, como le está haciendo saber en esta historia, la condición de la iglesia hoy. Y repito, no estoy hablando de Dádiva de Dios. Estoy hablando de la iglesia general en este país, en la cual Dádiva de Dios pertenece.
Amén.
No es para nosotros, pero es para nosotros.
Aleluya.
Gloria a Dios.
Que hay que sacudirse, hermano. Aquí hay que sacudirse. Tú tienes un llamado de parte de Dios. No le puedes dar la espalda al altar.
Amén.
Tú no puedes dejar de reaccionar porque el hermano que tienes al lado no reacciona. No, reacciona tú.
Amén.
Entonces, hermanos míos, cuando uno ve esta realidad, Dios hace un reclamo fuerte. Dios hace un reclamo fuerte. Y es lo que nosotros hoy estamos viviendo como nación. Queremos que esto cambie, hermano, tenemos que humillarnos delante de Dios. Parece ser, hermano, y con esto voy culminando, yo no quiero meterle miedo aquí a nadie, pero parece ser que aquellas cosas del terremoto, parece ser que aquellas cosas de las inundaciones, parece ser que son planes de Dios para esta tierra. Usted sabe lo que significa eso, ¿verdad? Pero mientras nosotros orábamos, porque créame, personalmente llamé a oración y ayuno a unos hermanos que están orando y les dije: hermanos, vamos a preguntarle a Dios aquí seriamente, ¿esto es verdad o no es verdad? Porque hay mucha gente hoy soñando con terremotos. Hay mucha gente hoy soñando con inundaciones. Preguntemosle a Dios, hermano. ¿Qué vamos a esperar? ¿Que nos venga otro y nos aplaste? ¿Qué vamos a esperar? ¿Que nos arrastren los ríos? Vamos a hacer algo. Y yo creo que lo más importante aquí es preguntarle a Dios: ¿esto es verdad o es mentira?
Amén.
Y fuimos a preguntar a Dios y parece ser, hermanos míos, que esto es cierto. Pero hay algo que me da consuelo, hermano. Hay algo que me da consuelo y me da esperanza y por eso hablo y le digo a usted, hermano mío, que está aquí. Y este mismo mensaje lo prediqué ayer en el Día de Victoria de la zona. No es la zona 3 porque yo soy de la zona 3. Es una zona.
Pero está cerca.
Y hermanos míos, escuchamos la voz de Dios, hermanos, en aquel momento en donde el Señor nos decía: los quiero adorando, no con miedo.
Gloria a Dios.
Amén.
¿Se acuerdan que eso lo hablamos aquí hace un tiempo? Adoren. Manténganse adorando, hermano. Manténganse adorando. El Señor dice: estad quietos, ved la salvación y adoren.
Amén.
Adoren. Pero el problema es que ustedes no quieren ni cantar ni bañándose.
Aleluya.
Alabado sea Dios.
Gloria a Dios.
Y el Señor nos decía: los quiero adorando, no con miedo.
Amén.
El miedo es normal. Todos los que estamos aquí podemos levantar la mano y decir: oye, sí, me da miedito ciertas cosas escucharlas. Pero el Señor dice: ¿qué tal si cambias tu miedo por adoración?
Amén.
Gloria a Dios.
Cuando sientas ese miedo en la noche, ¿por qué no me adoras?
Gloria a Dios.
¿Por qué no me adoras? Aleluya.
Amén.
Gloria a Dios.
En todo momento los quiero adorando.
Amén.
El Señor nos dijo: oren por el remanente para que se levante.
Amén.
El Señor nos llevará a clamar por el remanente, pues hay un porcentaje considerable de hombres y mujeres que oran que hoy están dormidos y están distraídos. Le pregunté al Señor: ¿qué debemos hacer? ¿Cuál debe ser entonces la predicación que debemos dar? Y el Señor nos volvía a hablar de arrepentimiento. Pero la palabra de esperanza fue: yo puedo detenerlo.
Amén.
Yo puedo detenerlo. Yo no sé usted, pero eso me llenó de esperanza. Me abrieron una puerta de misericordia y no estoy dispuesto a perderla otra vez.
Amén.
Gloria a Dios.
Porque sabe qué duro, si usted se asustó en el terremoto, yo también me asusté cuando vi todo. Porque al principio no, pero cuando vi todo, tuve miedo. Somos humanos. Yo tuve miedo, terror. Cuando vi los muertos, la gente cayendo, las cosas, yo tuve miedo también. Pero hoy nuestro Señor nos está diciendo: yo puedo detenerlo.
Amén.
Y el Señor simplemente está abriendo una puerta, hermanos míos, de esperanza donde no podemos darnos el lujo otra vez de perder esa oportunidad.
Amén.
Pastor, ¿y cómo podemos entrar por esa puerta? Con arrepentimiento genuino, con arrepentimiento sincero y con humillación del corazón.
Amén.
Gloria a Dios.
Vamos a cambiar, hermano. O cambiamos o que el Señor nos ayude.
Amén.
Gloria a Dios.
Dios puede detenerlo. Pero el Señor decía: yo anhelo que ustedes sean una sola voz. Unidad, unidad, unidad. Los quiero unidos.
Amén.
Gloria a Dios.
¿Usted está agarrando, verdad?
Amén.
Los quiero unidos.
Gloria a Dios.
Yo puedo detenerlo, pero los quiero unidos.
Amén.
En conclusión, los quiero unidos. Quiero que cambien su miedo por adoración.
Amén.
Yo lo puedo hacer, pero necesito una iglesia humillada.
Aleluya.
Cierren sus ojitos, hermano. Gracias.
