Soplando sobre las cenizas

Predicador (a): Maylin Revilla

Iglesia: Dádiva de Dios los Rosales

Tipo: (Escrita y en Audio)

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Texto: 2 Timoteo 1:6-7

Introducción y Lectura Bíblica

Leemos bajo la bendición del Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dice:

«Por lo cual te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos; porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.» (2 Timoteo 1:6-7)

Le damos gracias al Señor por su palabra. Gracias, mi Señor, por esa hermosa palabra que nos dice, Señor, donde nos recuerda, Señor, que tenemos trabajo y que tenemos cosas que hacer, Señor. Hay cosas que tú haces, pero también hay cosas que nosotros debemos hacer. Estamos aquí hoy, Señor, para avivar ese fuego que está dentro de nosotros y quizás en algún momento lo teníamos apagado, Señor, en el nombre de Cristo Jesús. Amén y amén.

Dios les bendiga, mis hermanos, pueden estar sentados. El día de hoy les traigo una palabra, amén, que conversaba yo con Diana y le decía que cuando uno prepara una palabra primero te hace sentir a ti qué es lo que estás haciendo para corregir, para luego poderla decir a tus hermanos, amén. Nosotros no somos perfectos, pero sabemos que el Señor quiere que nosotros lo seamos, entonces tenemos que caminar en pos de eso.

El Problema: La Rutina y el Temor

Hay momentos en nuestra vida cristiana que el principal problema, o nuestro principal problema, no es que hayamos perdido la fe. Porque no es que nosotros perdimos la fe; simplemente es que a veces el temor, el temor de hacer algo… hay algo que a veces está en nosotros que nosotros decimos: «No lo puedo hacer». Otra persona te puede decir que sí y tú sientes que no. Y al principio tú dices: «Pero en aquel momento, hace muchos años, había una llama que me quemaba el corazón y que me hacía hacer cosas para el Señor y me hacía predicar su palabra, pero pareciera que ahora ya no está esa llama, sino que sale como humo nada más».

Hay cenizas allá adentro donde antes había una llama. Y no es que se apagó, no es que se apagó esa llama; es simplemente que la rutina de lo que nosotros hacemos todos los días nos hace muchas veces hacer las cosas o tener las cosas del Señor en poco. ¿Por qué? Por la rapidez. «Yo estoy apurada, voy a orar tres segundos y me voy», «yo voy a la iglesia y me voy rápido porque tengo cosas que hacer», «yo estoy en una reunión donde estamos adorando al Señor, pero yo tengo una reunión después de esto y tenemos que terminar». No, al Espíritu Santo hay que darle su tiempo.

Nosotros sabemos que todo se hace con orden, ¿no? Pero muchas veces, no solo en la iglesia, incluso los problemas personales, los problemas familiares, esas luchas emocionales que nos hacen llenar nuestro corazón de cenizas, entonces el fuego va quedando por allí sepultado. Y problemas familiares siempre van a haber, todo siempre va a haber, pero nosotros tenemos que tener la paz que el Señor nos da. Y a pesar de que hay un río turbulento ahí, nosotros tenemos paz porque el Señor nos va a ayudar con todo eso.

Y nosotros tenemos que ir cuidando poco a poco nuestro corazón, amén. Y entonces hoy yo le puse como título a este mensaje: «Soplando sobre las cenizas».

La Responsabilidad Humana y el Ejemplo de Pablo

El Señor, como les dije, hace algo en nuestra vida, pero nosotros tenemos que hacer el resto. No podemos dejárselo todo al Señor. Y el apóstol Pablo entendía esto al momento de escribirle a Timoteo. ¿Por qué? Porque él estaba dentro de una cárcel. Él no estaba en un patio de una casa con un aire acondicionado escribiendo la carta, no. Él estaba pasando por una situación bastante difícil. ¿Y quiénes aquí cuando pasan por una situación difícil no quieren hablar? A veces te cuesta ayudar a otro porque tú estás peor.

Entonces el apóstol Pablo entendía eso y por eso le escribe a su discípulo, porque sabía que en Éfeso estaban pasando cosas que podían hacer que Timoteo estuviera temeroso, preocupado, ansioso. Entonces vemos que él no le envía una carta por enviársela, sino que le envía un recordatorio directo: «Te aconsejo que avives el don de Dios que está en ti». No es que ya no está, porque el fuego está allí; simplemente le dice que avive el fuego del don de Dios que está en él.

Y Dios no nos ha traído hoy para juzgarnos ni para decirnos a nosotros: «Mira, no lo estás haciendo bien», sino que es como cuando yo sacaba el mensaje y decía: «¡Guau, Señor! Esto es conmigo». Porque cuántas veces no nos hemos desilusionado. Nosotros los venezolanos hablábamos anoche, hemos pasado por tantas cosas que tú dices: «No, ya hasta aquí». Pero el Señor nos ha ayudado hasta aquí.

Y nosotros lo vemos en cada predicación, en cada clase, que el Señor simplemente nos dice: «Mira, estás haciendo esto así, es mejor que lo hagas de esta manera». Es ese consejo que te da el Señor, que te soba y te dice: «Mira», como un padre. Él es nuestro Padre. Entonces él no nos juzga y nos dice a nosotros: «Sé que estás desanimado, sé que estás cansado, sé que has pasado por muchas cosas, pero sin embargo, recuerda dónde estás parado y hasta aquí nos ha sostenido».

Porque si ustedes se ponen a ver, la semana pasada mi hermano tuvo un accidente en la mañana y eso era para que él ya no estuviera aquí con nosotros, pero el Señor no lo permitió y gracias al Señor lo guardó. Esas son las oraciones, me decía la pastora, y es las oraciones por nuestras familias. Y entonces así, cuando nosotros estemos desanimados, nosotros tenemos que entender que ese fuego está dentro de nosotros y que tenemos que pedirle al Espíritu Santo que sople, que sople, y nosotros poner de nosotros para poder seguir caminando.

Punto 1: El Ataque de la Intimidación

El día de hoy yo les traje tres puntos. Una cosa es lo que nos mantiene paralizados, porque pueden ser muchas cosas, pero les quiero hablar algo de eso. ¿Y cuál es nuestra responsabilidad? Nosotros sabemos que tenemos responsabilidad, no podemos decir que todo es culpa del enemigo. Es verdad, él está ahí como león rugiente buscando en qué momento nos descuidamos para dañarnos, pero nosotros tenemos responsabilidad, amén.

Y que el Señor, como les dije, él es nuestro Padre y nos va a hablar y nos va a decir qué estamos haciendo mal, nos va a decir qué tenemos que hacer y luego nos va a decir: «Aquí está el Espíritu Santo quien te va a equipar». ¿Para qué? Para que puedas salir adelante. Y ese equipamiento solo nos lo da el Espíritu Santo, porque solos no lo podemos hacer, amén.

Entonces, más allá de todo lo que nosotros estamos viviendo hasta el día de hoy, que nosotros lo contamos y cualquier persona nos dice: «Ya, no sigas», pero nosotros sabemos que el Señor nos dice: «Una milla más, un poco más. Camina un poco más y verás mi gloria». Y entonces es a lo que nosotros nos tenemos que amarrar, amén.

Entonces vamos a ver el punto uno que nos habla del ataque de la intimidación. Dice que la cobardía de la que habla este pasaje no es una simple timidez de carácter. No era que Timoteo estaba asustado porque sí, no; era algo fuerte, mis hermanos. Era algo fuerte que estaba pasando allí en ese momento. Y nosotros debemos entender que así como él pasaba por esas situaciones tan fuertes dentro de la iglesia y todo lo que estaba pasando afuera, nosotros tenemos que entender que así nos pasa a nosotros. En nuestros hogares a veces se levantan cosas que tú sientes que ya no puedes más, que te acobardas.

Porque yo he pasado por situaciones fuertes donde me he acobardado, donde me ha dado miedo, pero el Señor siempre ha estado ahí pasando ese bálsamo, ¿sí? Ese bálsamo en situaciones difíciles, porque han sido situaciones muy fuertes. Porque hablamos desde el principio, por lo menos en mi caso, la muerte de mi padre, después la muerte de mi madre, y tantas cosas que tú dices: «No ya, yo no voy a seguir, me acobardé, ya no voy a seguir». Pero el Señor, allí cuando uno ora y le dice: «Señor, ya no puedo más», y él te dice: «Sigue que sí puedes, dale que sí puedes, un poco más, échele», como decía nuestro pastor Regulo, amén.

Entonces nosotros tenemos que entender que vale la pena seguir luchando. ¿Por qué? Porque usted tiene familia. Y si usted pierde su testimonio y ya no dice… en el sentido de que «ya yo no voy a seguir, yo tengo mucho miedo, esta situación me arropó y ya no voy a seguir, no voy a seguir yendo a la iglesia porque siempre paga el Señor»… Siempre, porque no sé por qué pasa, pero sé que no le pasa a una sola persona, sino que nos pasa a todos. El desánimo te dice: «No voy más a la iglesia». El desánimo te dice: «Me pusieron esto, no lo voy a hacer porque no me siento bien». Ahí es cuando el Señor se glorifica, porque si usted no se siente bien, entonces ese sacrificio que usted está haciendo para alabarlo a él, el Señor lo ve.

Entonces mire, «No, yo no lo voy a hacer porque yo no puedo». Sí puede. Usted no sabe hablar, usted no sabe cantar, pero usted le da por fe y poco a poco se va perfeccionando. Esta mañana lo veíamos en clase, que puede ser que no todos cantemos bonito, pero el grupo de adoración no se levanta solamente con las personas que cantan y que tocan. También está la persona que puede arreglar los instrumentos, está la persona que puede ayudar a levantarlos, está la persona que puede meter un cable y sacar otro, y los detalles, todo eso. Incluso está la persona que puede pensar en cómo se van a ir vestidos, buscar todo ese tipo de cosas. Entonces vemos que dentro de la iglesia nosotros podemos hacerlo.

Entonces, ¿qué tenemos que hacer? Dejar la intimidación a un lado. A todos nos van a intimidar en algún momento. ¿Por qué? Porque puede ser que antes de mí haya predicado alguien así que… y entonces después yo paso así asustadita, pero si el Señor está conmigo, claro que sí. Uno va a salir adelante, no por mí, sino por el Señor. Porque el Señor utiliza a quien él quiere, ¿verdad?

Entonces hablamos de cuando nosotros nos paralizamos, no queremos predicar, no queremos hablar, no queremos hablarle a nadie del Señor ni nada. Venimos a la iglesia a llenarnos. Yo se lo decía a ustedes en unas clases en estos días, que yo lo leí y decía que te engordabas. Y no físicamente, sino que recibías, recibías, recibías, recibías, porque tú eres lo importante, el que necesita eres tú. Y resulta que te llenas, te llenas, te llenas y no sueltas nada de eso. Muchas veces no porque no quieres, sino porque estás intimidado, porque estás decepcionado, porque sientes que no puedes más.

Pero hoy el Señor te dice que dejes esa intimidación a un lado, que confíes en aquel que te llamó. Porque muchas veces yo he escuchado decir: «No, bueno, el Señor me sacó, no sé, de la cárcel, de sitios…», y tú dices: «Bueno, a lo mejor a mí no estaba tan mal». Sí, hermano, estabas mal, porque estabas perdido en el mundo, estabas muerto y el Señor te trajo hasta aquí. Entonces tú te pones a ver y sí estabas mal. Entonces, ¿qué tienes que hacer? Dejar eso a un lado.

Y si tienes algún momento que no puedes, lo que tienes es que prepararte. Nelly lo decía esta mañana, uno tiene que prepararse. Si yo no sé, yo empiezo. Si yo no sé cantar, yo busco una clase. Si yo no lo sé hacer… ¿por qué? Porque necesitamos hablarle a toda esa gente que está allá afuera del Señor. Ahorita nosotros en Venezuela estamos pasando cosas muy duras. Nosotros venimos pasando cosas muy duras, porque antes de enero pasábamos cosas duras, escasez y toda la cosa. Después de enero para acá podemos hacer un libro de todas las cosas que hemos pasado.

Entonces, ¿nosotros qué tenemos que hacer? Darle gracias al Señor. ¿Por qué? Porque a pesar de mi miedo, a pesar de que yo no estoy orando como tengo que orar, a pesar de que yo estoy decepcionada en muchas cosas, el Señor ha guardado nuestra familia. Fíjese, a nosotros nos ha guardado a nosotros, nuestras casas y nuestras familias. ¿Que sufrimos daños? Sí, pero esos daños se pueden reparar.

Entonces cuando el miedo domina nuestro corazón, nos escondemos y empezamos a dudar: «Yo creo que el Señor no me llamó para esto». Yo estaba sacando unas clases la semana pasada y yo le escribo a Nelly y yo dije: «No le consigo ni pies ni cabeza a esto». Y lo dejaba y volvía otra vez, y lo dejaba y volvía otra vez. Y entonces ya después en la semana yo dije: «Claro que sí se puede, el Señor nos va a dar las herramientas, las estrategias para hacerlo». A mí me da miedo pararme aquí, mira, yo estoy caliente el cuerpo y las manos las tengo congeladas, pero el Señor me llamó a esto y aunque a mí me dé miedo, yo tengo que hacerlo por obediencia a él.

Entonces dejo la timidez a un lado, dejo el miedo a un lado. Y cuando yo sacaba este mensaje, el Señor me llevó a la historia de Gedeón. Gedeón estaba escondido, ¿verdad? Dice que Gedeón estaba escondido en un el lagar, eso lo vemos en Jueces 6. Y dice que estaba escondido en un foso subterráneo para trillar trigo por miedo a sus enemigos, estaba paralizado por el temor y la vergüenza de su propia debilidad. ¿Por qué Gedeón estaba así? Él decía que su familia era la más pobre de la tribu y que él era el más pequeño. O sea, estaba sumido en que él no valía nada.

Y vemos cómo el Señor se glorifica y le dice, el ángel del Señor le dice: «Varón esforzado y valiente». ¿Ustedes se imaginan eso? Uno escondido, asustado porque no puede, y el Señor le dice: «Varón esforzado y valiente». Entonces lo vemos que el Señor lo hizo con Gedeón en el Antiguo Testamento y lo hace con nosotros ahorita. Levántate, sé valiente. A veces usted anda por el piso que ya no puede más y viene alguien y le da esa palabra que le dice: «Tú sí puedes, hijito, sí puedes». Ese es el mismo Señor diciéndotelo, amén.

Y vemos como el Espíritu de Dios vino sobre él y levantó a aquel hombre temeroso para libertar a toda una nación con solo 300 hombres. ¿Para qué? Para que él no se vanagloriara. Fue por mí, por el Señor. Entonces vemos que a pesar del miedo y de la timidez, el Señor se glorificó en su vida, amén. Y lo podemos ver nosotros día a día, porque usted camina porque el Señor lo tiene de pie, usted trabaja y usted tiene fuerzas porque el Señor lo tiene de pie, amén.

Entonces vemos que podemos estar escondidos diciendo: «Señor, yo oro en mi casa, yo te glorifico en mi casa y yo no quiero ir a la iglesia ni quiero salir a predicar, porque no, yo estoy cansado, yo necesito más bien que vengan a predicarme a mí». No, mis hermanos, eche fuera todo eso en el nombre del Señor. Todo eso que quede fuera de usted y usted diga: «No puedo, pero en el nombre del Señor yo sí voy a poder. Lo voy a intentar». Porque usted lo intenta y lo puede y sigue hasta que puede.

Los grandes personajes que nosotros a veces leemos en las historias, vemos personas que son físicos y todo, y al principio algunos ni siquiera los aceptaban en el colegio porque pensaban que estaban locos, pensaban que de verdad lo que ellos hacían no servía. Y vemos cómo a través del tiempo nos damos cuenta de que sí, de que sí, pero eso sabemos que lo hace el Señor por algún propósito que tenía él, amén.

Y vemos ahorita un caso más actual. Yo no sé si ustedes han leído de él, yo no había leído antes, sí lo había visto, pero no había leído de él antes, y se llama Nick Vujicic. Este es un hombre que nació sin piernas y sin brazos, sin las extremidades. Yo me imaginaba esto y decía: «¡Guau, Señor! Nació sin extremidades». Entonces esa es una enfermedad que se llama síndrome de tetramelia. Estas son unas personas, las personas nacen ya sin brazos y sin piernas. Y vemos que él tenía una depresión muy fuerte. Mis hermanos, un niño normalito, normal, en la escuela sufre de bullying, sufre de desprecio y todo. Y él apenas con 10 años estaba sumido en una depresión muy fuerte. ¿Por qué? Porque se sentía menos.

Y según la historia dice, su historia dice que él intentó suicidarse cuando tenía 10 años. Se metió en la bañera de su casa e intentó suicidarse. Pero luego vemos que el Señor no lo permite, no lo permitió en ese momento. Y cuando él tenía 15 años conoció al Señor y le entregó su vida al Señor. Yo estaba leyendo y dice que el Espíritu Santo le mostró que la peor discapacidad que él tenía no era la física, sino el temor que paralizaba su corazón. Y cuando él entendió esto, salió a las calles a hablarle a la gente, a hablarle de Cristo, del Señor.

Porque imagínese eso. Usted dice: «Yo estoy cansado, yo ya no puedo, me duele una rodilla, ya yo no puedo, yo estoy cansado, estoy decepcionado, mis hijos no están aquí, mi familia y todo esto». Y viene él entrando y le dice: «El Señor te ama, el Señor te puede sacar de donde estás», así como lo sacó a él. Porque, o sea, yo nada más me lo imaginaba, yo decía: «¡Guau, qué fuerte!», porque que le falte un brazo, que le falte el otro y tiene las piernas… pero no tienes nada. Y sin embargo, él está ahí adorando al Señor. Él viaja por el mundo hablando de las maravillas que ha hecho el Señor.

Entonces nada más imagínese eso y acomódese y usted diga: «Yo sí puedo». Porque usted tiene piernas, usted tiene brazos. Puede ser que a lo mejor está un poco más cansado porque han pasado los años, pero el Señor nos tiene aquí de pie para adorar y bendecir su nombre. Y tenemos que entender que esa voz, esa voz que nos dice que no puedes, no viene de Dios. Porque el Señor a nosotros no nos ha dado espíritu de retroceso. ¿O sí? Claro que no. El Señor no te dice a ti «no puedes», el Señor te dice a ti «sí puedes, una milla más, una milla más».

Entonces el mismo que te salvó, que te sacó de allá de donde tú estás, te está diciendo hoy: «Reaviva el don de Dios que tienes en ti, trabaja, deja el temor a un lado, deja la depresión a un lado». Nosotros últimamente hemos escuchado, no solamente en Venezuela sino a través del mundo, que muchas personas están en depresión y eso es una enfermedad. Y entonces, ¿qué tenemos que hacer nosotros? Si usted se siente medio triste, órele al Señor. Si necesita ayuda, busque ayuda, no se quede allí, porque eso es un… el enemigo va metiendo cosas allí en tu cabeza, va haciéndote sentir mal para que al final termines en una depresión, que el Señor lo reprenda.

Entonces, ¿qué tiene que hacer usted? Hablarle al Señor y decirle: «Me siento mal, estoy triste». Porque nosotros podemos sentir tristeza, la podemos sentir, pero está en nosotros no quedarnos con ella. Si usted tiene que llorar, llórele al Señor. Si usted tiene que acostarse en la cama y pasar el día porque usted no quiere, no tiene ganas de nada, un día hágalo, pero mientras usted esté ahí acostado, lleve sus pensamientos al Señor. Porque mientras nosotros decimos que no pensamos en nada, la cabeza va… porque incluso hasta cuando dormimos, porque soñamos.

Entonces entendamos que ese temor ya no nos puede seguir paralizando, porque entendemos que aquel que nos llamó es el que nos está ayudando. Entonces si usted tiene temor, dígale al Señor: «Señor, aquí estoy». Si usted se siente decepcionado, dígale al Señor: «Señor, esto es lo que me está pasando, ayúdame a salir de esto». Yo no le digo que no le pase, porque nosotros somos humanos y vamos a pasar por tribulación, pero el Señor es el que nos dice que sigamos adelante. Que a pesar de esa prueba tan fuerte que usted está pasando, el Señor se va a glorificar en su vida a través de un milagro. Porque si usted se pone a ver, son milagros. Esta mañana usted abrió los ojos y fue un milagro. Usted se pudo acostar anoche asustado porque tembló, asustado porque llovió, que usted no sabe qué va a pasar, pero el Señor le dio paz. Y esta mañana cuando usted abrió los ojos le dijo: «Gracias». Y a pesar de que estaba asustado, él pudo guardarte, ¿sí?

Punto 2: La Responsabilidad del Creyente

Y como el segundo punto nos dice: la responsabilidad del creyente. Es nuestra responsabilidad remover esas cenizas. ¿Por qué, mis hermanos? Porque nosotros somos los que tenemos que darnos cuenta de lo que nos está pasando. Cuando yo preparaba este mensaje, yo decía: «Sí, uno mismo se da cuenta, porque tú sabes en qué estás fallando, no es necesario que venga otra persona y te lo diga». Entonces tú tienes una responsabilidad delante del Señor. Y este pasaje nos dice: «Avivar el fuego». Y Dios es el que pone esa chispa sobrenatural en nuestros corazones, está en nosotros avivarla. ¿Cómo? Bueno, usted tiene que orar más. Si antes oraba, ahora hágalo más. Si antes adoraba, ahora hágalo más. Si antes leía su palabra, ahora hágalo más. ¿Por qué? Porque eso es lo que va a evitar que esa llama se apague, mis hermanos. Tenemos que aprovechar que son cenizas y que las podemos quitar, no permitamos que ese fuego se apague.

Porque el Señor ha salvado a muchas personas que hoy están en la calle, que hoy no le están sirviendo, porque dejaron apagar el fuego, porque simplemente dijeron: «Yo no puedo». En la iglesia es una rutina, van y cantan y todo eso y «yo ya no». En la iglesia yo entro y salgo igualito. No, mi hermana, eso es algo tuyo, es una responsabilidad del creyente, tanto tuya como mía. No es que, como decía el pastor, es el culto que tú le ofreces al Señor. No puedes permitir que tú vengas a la iglesia y te vayas igual. Si tú viniste triste hoy, tú tienes que decirle al Señor: «Señor, en ti descanso, en ti confío, ayúdame». Y usted tiene que salir de aquí con una sonrisa de oreja a oreja.

El problema a lo mejor está ahí, la prueba todavía está ahí, pero usted tiene que seguir adelante. Mis hermanos, allá afuera hay gente que está, no digamos que peor que nosotros, pero está pasando tribulaciones fuertes, donde han perdido familiares, donde han perdido su hogar, donde no saben qué va a pasar con ellos el día de hoy. Entonces nosotros tenemos que darle gracias al Señor y entender que mi responsabilidad es entregarle mi vida a Cristo, pero de verdad. No decirlo aquí en la iglesia: «Ah, bueno sí, Señor, te entrego mi corazón y tú eres el dueño de mi vida», y cuando salgo allá afuera voy dándole patadas a todo el que consigo. No, mis hermanos, es una responsabilidad.

Entonces lo que a nosotros a veces nos endurece es porque empiezas a recordar a las personas que te han hecho daño, a veces la rutina. ¿Sabes qué mata las cosas? La rutina. En una oportunidad en un taller de matrimonio, uno de los puntos era la rutina, que dentro del matrimonio nosotros tenemos que evitar caer en una rutina constante, ¿no? Y es así, porque fíjese esto: usted va, viene el domingo, está en la clase, no anota nada sino que está en la clase, después está en la predicación, canta y luego se va. Y vuelve otra vez y vuelve otra vez. No, mi hermano, qué bueno es entrar por las puertas con cánticos de alabanza. Que usted no pueda más, pero usted viene a escuchar del Señor.

Sí, la responsabilidad es anotar algo que escuché y lo voy a investigar. Y el domingo en la clase o durante la semana voy a hablar con el pastor y le voy a decir. Sí, entonces todo eso se va acumulando, todo eso, imagínese, las ofensas, la rutina, todas las cosas no perdonadas que a veces usted dice que las perdonó pero realmente no. Todo eso se va llenando y va minando su corazón. Y llega un momento en que usted se convierte en una persona dura. Yo no sé si usted ha conocido a personas que son así, que cuesta entrarles por un lado que por el otro. Y a veces es porque han recibido muchos golpes, ¿no? Y se endurecen. Pero nosotros en el Señor, a pesar de haber recibido golpes, no estamos duros, amén. Nosotros nos amamos, amén. ¿Ama a su hermano o no? ¡Amén!

Recuerden, recordemos que un carbón encendido puede encender a otro, eso lo aprendí el Día del Padre el año pasado, cuando estuvimos con el pastor José prendiendo el fogón, las brasas. Y ya con prender una, que las otras se peguen y se prenden, ¿verdad? Entonces procure usted ser ese carbón encendido que necesita su hermano. Si usted ve que su hermano se está apagando, no lo juzgue, ore por él, dele un abrazo. Un abrazo que a veces es lo que nosotros necesitamos. A veces usted no necesita una palabra, no, usted necesita un abrazo. Entonces usted sea responsable por usted y por sus hermanos, porque nosotros tenemos que velar por nuestros hermanos. Orar por ellos como lo hacemos en las noches por el WhatsApp, o simplemente usted ve a su hermano triste, ore por él, dele ese abrazo que él necesita, porque es nuestra responsabilidad.

Usted me dirá: «Hermana, pero es que el que está cansado soy yo». Más aún. El Señor se glorifica en nosotros y dice: «Mi hijo está cansado y sin embargo adora. Mi hijo ya no puede más y levanta las manos para adorar mi nombre. Mi hijo no puede más y está ayudando a su hermano». Entonces esas cosas el Señor las ve, y no tanto porque las vea el Señor, sino porque acuérdense que nosotros tenemos que amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Y a los primeros que tenemos que amar es a nuestros hermanos, que son los que amamos, los que tenemos cerca. Entonces ame a su hermano.

La responsabilidad, como les decía, es tuya y es mía. Nosotros somos responsables de mantener esa llama avivada, de quitar la ceniza de nuestro corazón que nos impide abrazar, que nos impide dar una palabra de aliento, que nos impide orar, que nos impide adorar al Señor. Porque a veces estamos tan cansados que dejamos de adorar al Señor y decimos: «No, la iglesia está fría». No, mi hermano, la iglesia no se enfría, quien se enfría es uno. Porque si la iglesia se enfriara, aquí no hubiera gente. Y el Señor sigue añadiendo personas, las personas siguen creyendo, las personas siguen adorando al Señor y siguen llegando a la iglesia. Entonces, ¿se va a quedar usted frío? No. Entonces lo que tiene que hacer es avivar esa llama que está ahí. Es su responsabilidad y es mi responsabilidad.

El Señor lo que quiere con nosotros es que nosotros sigamos adelante. Es difícil, mis hermanos, sí, pero el Señor nos da esa fuerza, nos da ese aliento de decir: «Mira, tienes la paz que solamente yo doy». Esa paciencia que uno a veces le dice a los hijos: «¡Ah, paciencia!». No, esa paciencia no, la paciencia que da el Señor. La sabiduría que da el Señor del cielo. Cuando usted no pueda con sus hijos, con su familia, con su esposo, pídale sabiduría al Señor para que lo ayude a decirle esa palabra que necesita. Y si es usted el que se está portando mal, póngase delante del Señor y séale sincero. Acuérdese que nosotros no le podemos mentir al Señor. Porque usted se puede sentar aquí y puede: «No, Señor, yo estoy bien», pero el Señor conoce tu corazón. Él conoce qué es lo que hay en mi y qué es lo que hay en ti.

Entonces, ¿qué tenemos que hacer nosotros? Ponernos delante del Señor, decirle: «Señor, estoy temeroso, estoy decepcionado, estoy deprimido, pero en el nombre tuyo yo me voy a levantar. Yo sé que yo he dejado de orar, yo sé que yo he dejado de ayunar, yo sé que yo no te estoy adorando como debería de hacerlo, yo sé que estoy peleando con mi hermano, yo sé que estoy bravo con mi hermano, pero yo de aquí en adelante voy a seguir trabajando en mí». ¿Cómo? Orando más. Y si usted se pone a ver, mis hermanos, si usted empieza a orar, empieza a ayunar y empieza a adorar al Señor, ya las demás cosas son más fáciles. ¿Por qué? Porque el Señor te da esa paz que ya tú vas a ver a lo mejor a tu hermano que te dio con los pies y tú lo vas a abrazar. ¿Por qué? Porque tú sabes que tú tienes que amarlo, que tú tienes que tener empatía con ellos y tienes que seguir adelante. ¿Por qué? Porque es el Señor que te sostiene, no hay nada más que te pueda sostener.

Aquí el día de hoy usted tiene que decirle: «Señor, aquí estoy. Hazme de nuevo si tienes que hacerme de nuevo. Ayúdame a quitar toda esa ceniza que he puesto en mi corazón y ayúdame a seguir trabajando en tu obra». No puedes cansarte de servir al Señor. Si usted hoy en la iglesia no está haciendo nada aquí dentro sirviendo, póngase a la orden o simplemente hágalo, mi hermano. Ese sentido de pertenencia que nosotros debemos tener por esta casa, porque aquí nosotros podemos adorar al Señor. Usted está allí sentadito, con el aire acondicionado, con su sillita y todo esto, y qué mejor que adore al Señor. Usted no está sentado en espinas, no está abajo de un sol fuerte. Entonces vamos a tener sentido de pertenencia, sí, de no idolatrar el templo, pero sí cuidarlo. Cuidarlo porque para el Señor lo mejor, para el Señor lo mejor, amén.

Punto 3: El Equipamiento del Espíritu Santo

Entonces si nosotros hacemos esto, el Señor nos dice: «Yo te voy a equipar». ¿Con qué? Con el Espíritu Santo. Y sabe que ese equipamiento es… no tiene falla por ningún lado. Usted está equipado con el Espíritu Santo. ¿Cómo? Con poder, con amor y con dominio propio, como lo dice el verso que leímos al principio. ¿Por qué? Porque el Espíritu Santo es el que te dice: «Mira, lo están haciendo mal, no le voltees los ojos al hermano. Mira, sonríe más, abraza más». A algunos se nos hace un poco difícil abrazar porque no somos abrazadores, pero hay hermanos que son abrazadores, entonces usted va practicando. ¿Sí? ¿Por qué? No por hacer sentir bien o no a la otra persona, sino porque el Señor se glorifica en eso, amén. Como lo vimos hace rato, un abrazo puede evitar que pasen muchas cosas. Un abrazo puede llenar el corazón de alguien que lo necesita.

Y entonces nosotros tenemos que aprender a vivir amando a nuestros hermanos, a nuestro prójimo, amén. Porque ¿usted quiere que lo amen o no? Entonces tiene que amar a sus hermanos. ¿Por qué? Porque el día de mañana, si a usted le hacen algo que usted ya hizo, se va a sentir mal. Entonces aprenda a ponerse en el lugar del otro, amén.

Entonces hablamos del equipamiento del Espíritu Santo. Y dice que Dios no nos exige levantarnos a nosotros con nuestras propias fuerzas. No es que el Señor nos dice: «Mira, ya tú estás ahí, levántate». No. El Señor nos dice que nos levantemos, que él va a estar ahí. Tú te estás levantando y el Señor está ayudándote. ¿Por qué? Porque él no te va a dejar solo. Él siempre va a estar ahí para ayudarte, para hacerte entender que sí puedes.

Y cuando hablamos del amor, deja de ver tu insuficiencia. Deja de ver que ya no puedes. Deja de no depender del Señor. Depende del Señor completamente. Cuando uno le deja las cargas al Señor, tú descansas. Tú sabes lo pesado que es cuando tú estás pasando por una prueba y yo no sé, pero es algo que se te pone aquí que tú sientes que no puedes. Cuando tú al final le dejas todo al Señor, te sientes liberado. Sabes que todavía estás pasando la prueba, pero te sientes bien. Sientes esa paz que solamente el Señor da.

Nosotros pasamos por una prueba fuerte y mi corazón se apretaba así porque se apretaba. Yo decía: «Señor, ya yo no puedo, no puedo respirar», pero el Señor se glorificó. Cuando tú le dejas todo en las manos al Señor, cuando tú le dices: «Señor, aquí están mis hijos, tú eres el que sabe lo mejor para ellos. Yo sigo orando, pero tú eres el que sabe lo mejor para ellos. Señor, aquí está mi matrimonio, tú eres el que sabe qué es lo mejor para mi esposo y para mí, tú eres el que nos vas a ayudar. Mi familia, Señor, aquí está mi familia». Gracias a esas oraciones de mis hermanos, de mi pastora, todas esas oraciones, mi familia está bien. Pachareca está, pero está bien. Pero es el Señor que las ha guardado, dándole oportunidad para que ellos puedan clamar a él.

Y yo sé que eso va a pasar, yo sé que sí. Sigo orando para que todos ellos puedan convertirse al Señor, entregarle su corazón al Señor, que ellos puedan un día llamarme y decirme a mí que me invitan para un culto, que no sea domingo, pero que me invitan para un culto. ¿Por qué? Porque yo tengo esa fe de que sí lo van a hacer, amén. Pero eso lo sé porque el Señor todos los días me recuerda que su gracia es suficiente para sostenerme. Y si su gracia es suficiente para sostenerme, él también cuida de los míos, porque él me sostiene. Recuerde, no es que yo puedo solo, así como los niños: «Yo solito, yo solito». No, el Señor está allí, amén, cuidándonos.

En 2 Corintios 12:9 dice: «Y me ha dicho: Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad». Mire, a veces alguna persona se para aquí a dar un testimonio y tú: «¡Guau! ¡Guau! De verdad el hermano pasó por todo eso». ¿Y el Señor qué hizo? Lo sacó de eso, el Señor lo sanó. Qué maravilloso es ver que el Señor hace su obra con muchas personas, con muchos hermanos, pero también lo hace con uno, contigo y conmigo. Porque a lo mejor tú dirás: «Yo no tengo un testimonio tan grande». Mi hermano, el hecho de usted haber abierto los ojos esta mañana, eso es un milagro. ¿Por qué? Porque muchas personas no lo hicieron. El hecho de que usted pueda caminar, de que usted pueda ir al baño, eso también. Déle gracias al Señor por absolutamente todo. Porque usted es alto, porque usted es bajito, porque usted es gordo, porque usted es flaquito, por todo. Porque el Señor se ha glorificado en su vida que hasta aquí los ha mantenido.

Sí, entonces en eso vemos el poder que nos da el Espíritu Santo, en recordarnos que no es solamente nosotros que podemos, si no, que es su gracia la que nos sostiene. No es con nuestras fuerzas, es con las fuerzas del Señor, amén.

Si nos habla del amor, como les decía, no permitas que la amargura, que las ofensas de otros minen tu corazón. Simplemente perdónalos, simplemente sigue adelante. ¿Por qué? Porque el Señor dice que si no tenemos amor, no tenemos nada. Porque si nosotros no amamos a nuestro prójimo, es como que si nuestras oraciones van a ser vanas. ¿Por qué? Porque yo voy a estar bravo con todo el mundo y voy a venir a orarle al Señor. No, el Señor dice que vaya primero con tu hermano. ¿Por qué? Porque no puedes, esa oración no va a llegar. Entonces tú tienes que amar, y ese amor tiene que demostrarlo. No solamente «yo tengo amor dentro del corazón» y de ahí no sale. Debemos ser compasivos, ese debe ser nuestro motor. La compasión, la empatía de ver que alguien está sufriendo y sentir en mi corazón que de alguna manera lo puedo ayudar. Y hay muchas maneras de ayudar. Y si usted no puede de las muchas maneras, la mejor manera que puede utilizar es amándolo, orando por él.

1 Corintios 13:4 al 7 dice: «El amor es sufrido, el amor es benigno, el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece, no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor». Así que no guarde rencor. «No se goza de la injusticia, mas se goza de toda la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree y todo lo soporta». Entonces si el Señor nos dice en su palabra que ese es el amor, ¿qué le queda a usted entender? Que el amor todo lo sufre, todo lo cree y todo lo soporta. Nosotros no podremos soportar todo lo que soportó nuestro Señor Jesucristo al morir por amor por nosotros, pero nosotros tenemos que amar a nuestros hermanos, amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Y de ese es ese amor que nos habla en este verso, que tenemos que amar por sobre todas las cosas.

Porque ¿de qué me sirve que yo hable en lenguas, que yo las interprete, si no tengo amor? ¿De qué me sirve que yo pueda predicar, de que yo pueda hablar, de que yo pueda decir, si en mi corazón no hay amor? El Señor se va a glorificar, pero yo voy a sufrir porque no tengo amor en mi corazón. Y no por la satisfacción de que yo salí y dije mil cosas, no. El Señor es el que se tiene que glorificar. Pero aquí dentro se va minando, se va tapando, se va tapando. Y cuidémonos de que no se apague esa llama.

Y dominio propio. Llena tu mente con la verdad bíblica para frenar la ansiedad, los ataques de pánico y las decisiones impulsivas. Nosotros tenemos que entender que tenemos que tomar el control de nuestros pensamientos. Sí podemos, hermano. ¿Y cómo? Lea la palabra, vea por todas las cosas que pasaron muchos personajes bíblicos y llévelo a su vida. No lo va a vivir igual, pero si ellos pudieron, el Señor puso eso allí para que usted entienda que usted sí puede. Entonces tome el control, someta esos pensamientos cuando su pensamiento le diga: «No, yo no puedo». La hermana Lili hizo una pregunta en la clase y yo quiero levantar la mano, pero dentro de mí hay temor y no quiero. No, si usted quiere preguntar hágalo. ¿Por qué? Porque de esa manera, mire hermana, yo en la Biblia leí esto y esto tan bien, y los vamos a ayudar. Tener esa convicción de que yo leí, de que yo entendí y yo puedo hablar de lo que yo sé. ¿Y cómo habla de lo que usted sabe? Leyendo la palabra del Señor.

Conclusión y Llamado

Entonces, mis hermanos, yo los insto a que nosotros tenemos que tomar las riendas de nuestra vida. ¿Por qué? Porque ya está bueno de andar por ahí así como las olas del mar. No, mis hermanos. Plántese firme y dígale al Señor: «Aquí estoy. Yo a lo mejor no sé en qué puedo servirte, Señor, pero aquí estoy. Yo asumo la responsabilidad de que dejé que mi corazón se llenara de ceniza, pero yo en el nombre de Jesús el día de hoy te digo que avivo este fuego, Señor, como adorándote, adorando tu nombre, exaltándote, adorándote en todo tiempo y en todo momento».

En Isaías 26:3 dice: «Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera, porque en ti he confiado». Las cenizas del cansancio, los errores del pasado, la intimidación, todo eso tiene que quedar atrás en el nombre del Señor. El Señor hoy te dice: «Levántate, camina. Levántate que tú puedes. Levántate que de aquí en adelante, o desde allá atrás hasta aquí, yo te he sostenido y te voy a seguir sosteniendo más adelante. Confía en mí, descansa en mí. El don de Dios sigue estando en tu interior, solamente tienes que avivarlo».

Mis hermanos, no es esperar que otro se prenda para tú prenderte, no, mi hermano. Sabemos que todos pasamos por cosas, por tribulaciones, pero sabemos que el Señor está ahí. En cada prueba, en cada problema, en cada decepción, el Señor te está diciendo: «Sigue adelante, no mires atrás». No nos convirtamos en un museo, porque usted puede decir: «Yo antes oraba y ayunaba y caía fuego del cielo». Está bien, pero eso ya quedó en un museo. Y si nosotros seguimos admirando eso, no vamos a seguir caminando y simplemente vamos a estar ahí viendo lo que algún día hicimos. Entonces tenemos que caminar de aquí en adelante.

Yo no tengo muchos años dentro del evangelio, pero he visto milagros del cielo, he visto cómo el Señor se ha glorificado en mi vida y en la vida de otras personas, he visto milagros. Entonces si yo he visto todo eso, sé que el Señor está conmigo, sé que el Señor está contigo. Entonces te digo hoy: «Aviva el fuego del don de Dios que está en ti. Ya basta, sacúdete y di: ‘Yo puedo’. No tengo fuerzas, pero las fuerzas te las va a dar el Señor». Y es lo que tenemos que entender. Deja de seguir caminando con tus fuerzas, camina con las fuerzas que el Señor te da. Deja a un lado todo lo que te está dañando, porque muchas veces te daña la mente, te daña todo lo que estás pensando, lo que estás sintiendo.

Entonces, si hoy te sientes cansado, descansa en el Señor. Si hoy te sientes agobiado por los problemas, descansa en el Señor. Entrégale todo al Señor. Tú mismo, allí, tú mismo díselo: «Señor, te entrego mi vida. Señor, mi vida te pertenece, haz tú con ella lo que quieras. Ayúdame a cumplir ese propósito que tú tienes para mí». Y deja de seguir pensando que eres menos, porque sabemos que nosotros somos miembros del cuerpo de Cristo. Y así seamos una cosita así pequeña, pertenecemos al cuerpo de Cristo. Y el Señor vela por nosotros, amén.

Vamos a colocarnos de pie, mis hermanos. Allí donde usted está, va a cerrar sus ojitos y va a orarle al Señor y entregarle ese problema, ese miedo, esa tristeza, esa tribulación por la que está pasando ahorita, entréguesela al Señor. Allí donde usted está, empiece a orar y empiece a decirle al Señor que usted no puede, pero sabe que con sus fuerzas va a poder.

(Oración final) «Señor y Padre bueno, en esta hora, Señor, me pongo delante de ti junto con mis hermanos, Señor. Señor, estamos un poco cansados, Señor, pero sabemos, Señor, que tú nos haces descansar. Nuestra vida te pertenece por completo, Señor. Ayúdanos a avivar este fuego, Señor, en nuestro corazón. Espíritu Santo, sopla en nuestro corazón y quita de ahí todo lo que ha venido a alejarnos del Señor. Señor, dentro de nosotros, Señor, está nuestro corazón dispuesto para adorarte, Señor. Estamos aquí hoy para adorar y bendecir tu santo nombre, Señor. Ayúdanos a dejar todo afuera, Señor, y poder adorarte con libertad. Ayúdanos a adorarte con libertad, Señor, a poder levantar nuestras manos, Señor, y decirte que aquí estamos, Señor. Señor, queremos servirte, Señor, servirte en todo momento, Señor. Señor, no aguantamos, Señor, pero te necesitamos a ti. Ayúdanos, Señor, a entender que con nuestras fuerzas no podemos, Padre. Mira a cada uno de mis hermanos, Señor, trata con cada uno de ellos con su corazón, Señor, que ellos puedan entender que tú estás ahí, Señor. Abrázalos, Señor, abrázalos y diles que sí pueden, Señor. Abrázalos y diles que tú tienes el control de todo, Señor. Delante de ti estamos, Señor, adorándote, Señor. Mira cada carga de cada uno de mis hermanos, Señor, aligéralas, Señor, aligera todas esas cargas, Señor. Dale la paz a mis hermanos que solamente tú puedes dar, Señor. Señor, que ellos puedan, Señor, hablar contigo, Señor, desnudar su corazón delante de ti, Señor. Abrázalos, Señor, con ese abrazo que solamente tú puedes dar, Señor, que ellos sientan, Señor, que tú estás ahí, Señor. Bendícelos aún más, Señor. Señor, sigue siendo su proveedor, Señor, que a pesar de que el mundo diga cosas de ellos, Señor, tú puedes decir que este es mi siervo. Señor, que ellos puedan entender, Señor, que tú los llamas esforzados y valientes. Ayúdanos a dar una milla más, Señor, ayúdanos a caminar un poco más, Señor. Señor, quita toda depresión en el nombre de Jesús. Quita todo miedo, Señor, en el nombre de Jesús de nuestras vidas. Señor, quita todo pensamiento contrario, Señor, a ti. Señor, ayúdanos a confiar por completo en ti, Señor, que podamos, Señor, hablarte en todo momento, Señor. Fortalécenos, Padre, ayúdanos, Señor, a orar cada día más, Señor, a poder hablar contigo cada día más, Señor. Ayúdanos, Señor, a adorarte, Padre, en todo momento. Ayúdanos a adorarte en medio de nuestra prueba, Señor. Entendemos, Señor, que aquí vamos a tener aflicciones, Señor, pero ayúdanos a confiar que tú estás con nosotros, Señor. Gracias te doy por cada uno de mis hermanos, Señor. Gloria a tu nombre, Señor. Gracias, Señor, gracias, Señor. Maravilloso eres, Señor. Haz que ese fuego se avive otra vez en nuestros corazones, Señor. Maravilloso eres, Señor.»

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